LA HISTORIA NO ES EL PASADO, PORQUE TRANSCURRE HOY .
El Museo Itinerante del Barrio de la Refinería, las Jornadas de Cronistas e Historiadores Barriales y el Museo Virtual están declarados de Interés Cultural por la Secretaría de Cultura de la Municipalidad de Rosario y el Honorable Concejo Municipal.
Personería Jurídica Otorgada por Resolución Nº325 del año 2010.
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lunes, 20 de enero de 2025

EVOLUCIÓN

 

Al ver las antiguas fotos de la Refinería Argentina, puede verse una evolución arquitectónica.

Algo que puede verse inmediatamente es que el edificio “clásico” no fue el primero.

La empresa primero construyó una primera nave, con una chimenea y la casa de la administración, hacia el norte del predio. Y un galpón más pequeño, probablemente un depósito vinculado al muelle y al ferrocarril.
Con la “donación” de calle Gorriti al 200, aproximadamente en 1905, a los ferrocarriles que abastecían a la fábrica, se comenzó a edificar la construcción que puede verse hoy.

Pero la Refinería no se detuvo en su evolución edilicia.

Como evidencia de su expansión, la fábrica de azúcar pasó de tener una sola chimenea inicial, dos en 1910, 3 en 1915 y 4 chimeneas en 1918. Otro indicador es la cantidad de obreros. Había comenzado con 600 trabajadores y llegó tener 1600.
Las ampliaciones se observan mejor desde el río, en base a varias fotos que perduran.
Aunque las construcciones parecen caóticas, es porque hay dos líneas: la este oeste, paralela a las calles y la de la barranca, que sigue una línea diagonal. 
 

Se observan galpones de todo tipo y tamaño, unificados por su arquitectura de ladrillo a la vista. Desgraciadamente, sus funciones se han perdido, ya que no se han hallado documentos sobre su necesidad.
Como se ve en la foto de abajo, esta arquitectura parece consistir en naves industriales, con medidas que van de 11 metros a más de 20 de largo. 
El orden se observa de modo muy diferente desde el río que en vista aérea.
Los edificios se dispusieron “a lo largo” del terreno, dejando dos calles longitudinales este-oeste para la circulación y dos grandes patios, al norte.

 


Intermedios, se colocaron otros edificios menores los adosados a las barrancas, probablemente eran para el manejo de cargas y descarga de los barcos y las todavía visibles grúas (cranes, winchs o “guinches”).
Los patios parecen haber tenido la función de recibir material a procesar primero y a partir de los años 30 –con al Maltería- estacionar camiones. De todos modos el depósito al aire libre fue el terreno adquirido c. 1915, sobre la calle Thedy-Caseros donde se acopiaba madera de quebracho para la extracción de tanino, un servicio prestado a La Forestal.
En resumen, la arquitectura de la Refinería pareció ser por completo racional, pero sujeta a la producción. A mayor producción, mayor superficie edificada, mayor producción, más edificios...


Ese incremento fue un error.
La forma “edematosa” de construir finalmente resultó perjudicial con una crisis azucarera en curso. 

En 1905, ya habían  cometido una equivocación fatal: llevar la producción de 65.000 a 110.000 toneladas, pensando que producir más era buena idea... mientras en Tucumán y Salta  se quemaban cañaverales para volver escasa el azúcar y así subir los precios del mercado. Produjeron un récord, más de 80 mil toneladas.Vendieron a precio bajísimo para poder "colocar" el producto casi a pérdida. Empezó la decadencia, que se intentó resolver con más inversión.

Pero en 1930, la crisis se repitió, aunque peor.
Las causas principales de esta crisis eran cinco:

- La crisis general del capitalismo, la famosa "Caída de Wall Street" de 1929.

 - Un sobrecultivo tucumano de caña y sobreproducción de azúcar, desde 1926. En ese año, Estados Unidos comenzó a refinar y Brasil planificó la producción azucarera en 1929. La competencia era creciente y la mayor cantidad de azúcar producida bajaba el precio del producto, internacionalmente también a la baja.

- Un incremento de los medios de producción (maquinas, instalaciones). Eso  agravaba el problema y los capitales fijos disminuían el capital dinerario, que podían ser aplicados en otros emprendimientos. 

- Una producción creciente y a bajo precio, no implicaba mayores ventas, porque el mercado era fijo. Cada centavo de azúcar contenía mucho de dinero de la inversiones, que no se recuperaba con la venta.

Frente a la crisis, se intentó una diversificación en subproductos: azucar medio refinada, melazas, bagazo, ginebra, alcohol, jarabes, tanino, vender servicios de refinado. La idea era aprovechar la capacidad instalada. Pero no bastaron para compensar la venta de azúcar a muy pocos centavos el kilogramo.
Todos experimentos fallidos, que consumieron capital dinerario adicional.
En 1930, acosada por las deudas y con una producción masiva que no pagaba los gastos, la Refinería redujo su personal de 1660 obreros a sólo 330. De refinar 23 mil toneladas en los comienzos, había llegado a un máximo de más de 84 mil toneladas en 1909.
En 1932 sólo produjo 600.

Tras un período de 2 años de reducción de stocks y austeridad empresarial, el ya inevitable cierre se produjo el 23 de octubre de 1932. Quedaban  en la calle sólo 20 operarios.
Luego de una década de abandono (entre 1930 y 1940 se demolieron dos chimeneas) en 1947 la Maltería Argentina compró las instalaciones, que al parecer resultaban apropiadas para el acopio de cebada para la fabricación de maltas para cervecería, proceso que requería de gran cantidad de agua para remojo del cereal y posterior tostado. Al ser innecesarias, la Maltería demolió las chimeneas restantes, probablemente al incluir la electricidad en el proceso.
Luego de la intervención peronista y un regreso fallido en los años 60, la Maltería Argentina también cerró, frente a la malta brasileña, mucho más barata, y sus cervezas, sobre todo Brahma, que costaba la mitad en el kiosco. 

En 2001, el predio histórico estaba por completo abandonado y en venta.
Sólo cabía el r
eciclado, como un gran contenedor “pintoresco” de viviendas de medio lujo. Para aumentar la cantidad de departamentos, el viejo edificio recibió un remate de chapa acanalada, de acuerdo a los gustos de la arquitectura actual.
Otras épocas.

En resumen, la arquitectura original de la Refinería Argentina de Azúcar fue tan racional como emergente, pero al estar atada a una producción que entró en decadencia, terminó siendo irracional en lo económico.
Era demasiado grande y costosa de mantener, para el escaso beneficio que producía.
Lo que en el habla popular puede denominarse un... elefante blanco.


domingo, 22 de abril de 2012

EL ATREVIDO

Seguramente, el vecino de Refinería ha oido hablar del conventillo El Atrevido.
Ya hemos publicado algo sobre él en esta página: http://museorefineria.blogspot.com.ar/2009/09/el-atrevido.html 
Pero  han aparecido nuevos datos que dan otra perspectiva.
Dijimos antes que era inmenso.
Este conventillo en particular, según se dice un gran galpón, se ubicaba en Vélez Sársfield al 100 (entre Vera Mujica y la actual Ing. Thedy) y era tan conocido, que la calle Vélez Sársfield en ese tramo se denominaba “calle al Atrevido”.  
Su nombre es un misterio, y hay dos versiones de su origen: una que alude a su estructura, audaz en su diseño, el otro, a las costumbres de sus habitantes.
No muy lejos, por calle Iriondo, existía un bar de igual nombre.
Un plano de 1890 muestra a El Atrevido como dos masas construidas, de unos 50 metros de lado y es le documento más viejo que poseemos en el Museo sobre el conventillo. Ya presenta una imagen significativa, ya que da nombre a la calle de acceso (Vélez Sársfield) como “calle paralela al Atrevido”.
En un plano del censo de 1900, el dibujante (a cargo de Gabriel Carrasco) coloca el nombre “El Atrevido” a toda la manzana, pero todavía en ese plano no existe la calle Vélez Sársfield, que era nada más que una idea. En su lugar aproximado, está el Camino Viejo a San Lorenzo. Carrasco no dibuja ninguna construcción, excepto las grandes naves fabriles y ferroviarias y la “población de Arijón".
Suponemos que en el conventillo recalaban muchos de los recién venidos al barrio, y  la manzana donde estaba era una de las más pobladas.
Las escasas fotos del Atrevido muestran que no era simplemente un galpón. Podemos ver dos fotos, muy conocidas, pero que pocos han analizado. Aquí empiezan ciertos problemas.

En una de las fotos -de una revista Caras y Caretas- se ve a un hombre comiendo su almuerzo, en un “galpón”, que coincide con la imagen popular del conventillo. 
En esa foto, el hombre está sentado en una especie de cajón, en un “galpón”, que coincide con la imagen popular del conventillo. El hombre está sentado en una especie de cajón, y detrás, en la sombra de lo que parece ser un espacio cubierto, se ve claramente una pared de ladrillos, en ángulo. El muro, blanqueado, tiene una especie de zócalo pintado, muy habitual para esconder manchas de humedad o las salpicaduras de barro al llover, y este zócalo solía ser de color rosa o rojo oscuro.
Cinco niños lo rodean y dos comparten con el hombre la comida. Hay cierta cantidad de estas luncheras y una de ellas parece ajena a los personajes de la foto. Eran frecuentes estas luncheras en el personal de la Refinería, estaban realizadas en mimbre y eran llevadas como pequeñas valijas. Esto implicaría, tal vez, que la foto corresponde a un lugar común para comer.
La otra foto es completamente distinta.
Muestra a un inmigrante italiano, Antonio Coletti, con su esposa, vendiendo verdura en lo que aparenta ser la ancha puerta de su habitación o “pieza”, y una ventana ilumina el interior de la habitación.
Un cajón, usado como improvisado mostrador, exhibe una canasta de mimbre con la mercadería, que aparentan ser coliflores o repollos, y se ve borrosamente alguna bolsa pequeña a la venta. También pareciera que Coletti ha colgado una verdura del dintel, como llamador o “muestra”.
A diferencia de la otra imagen, el vendedor parece estar al aire libre.
Comparando las fotos, vemos que hay una contradicción.
Si El Atrevido era un conventillo, como dice la tradición barrial, y allí vivía el hombre de la foto, existe poca lógica en prepararse la comida, empacarla y luego comerla en la propia casa. ¿Por qué en una foto se habla de “galpón” donde comer y en la otra de “conventillo” El Atrevido, donde se compra comida?
Esto permite considerar a El Atrevido como una estructura quizás más compleja que un simple galpón o sólo un conventillo. Veamos un esquema identificando distintas construcciones. Los nombres son convencionales.
El detallado dibujo de Héctor Thedy de 1903 parece corresponder con esa idea de construcción no homogénea, que ya se había visto en el plano de 1890, aunque como masas construidas similares e indiferenciadas.
Desde el punto de vista del dominio, el plano de Thedy muestra a El Atrevido como una construcción ubicada en el terreno de la viuda de Rodolfo Cilveti (5), correligionario de Lisandro de la Torre, Héctor Thedy y José Arijón.
En el mismo terreno, según vemos aquí al lado, aparecen una gran construcción (1), dos tiras construidas (3 y 4), posiblemente un conventillo de piezas y patios, y un patio dividido (2) por un tapial, probablemente espacios para carros.
En el dibujo, y por la habitual tipología arquitectónica, se ve entonces que los conventillos se ubicaban hacia Arenales, y no en Vélez Sársfield.
La gran construcción sería un galpón denominado “EL Atrevido”.
Pero ¿existe aún esta construcción gigantesca o fue demolida? ¿Qué vestigios pueden haber quedado? ¿Es el galpón que vemos actualmente?
Aquí al lado, demostramos que al menos las plantas de El Atrevido de 1903, coincide con el actual galpón más extenso de una empresa de representaciones comerciales. las líneas amarillas de trazos muestran la coincidencia entre la foto aérea (1) y el plano (2).
Aquí podemos platear una hipótesis específica:

El Atrevido aún se conserva, aunque modificado; no era un conventillo, sino un galpón ferroviario.
El plano de 1890 es anterior a las vías ferroviarias que conectaban a la Estación Embarcaderos, y podían “cruzarse” para ir a los aserraderos de Omarini y un embarcadero, previos a la Refinería misma, al menos desde 1881.
Volvemos a mostrar más abajo, el plano de 1890, remarcando el trazado viario, interior al predio y que “traspasan” el galpón para permitir maniobras. Por lo tanto, podemos identificar:

a-    El Atrevido, que era un galpón de 1880-90 de tipo ferroviario, previo a la conformación de la traza ferroviaria que pasa por Embarcaderos hacia el centro de Rosario. El hombre de la foto come en su trabajo cotidiano, en ese “galpón”, ya que no viviría allí.
b-    Un galpón lateral o auxiliar.
c-    El Atrevido, conventillo posterior a 1890 y que toma el nombre del galpón cercano. Coletti vende su verdura en ese inquilinato.
La información disponible sería coherente. En el plano de 1900, se ve que el galpón estaba vinculado a los aserraderos de Omarini, sobre la costa, por lo que no sería de extrañar que El Atrevido fuese un galpón para  depósito de maderas. ¿De que año es entonces El Atrevido? Podemos situarlo entre la inauguración del Ferrocaril central Argentino (1870) y el plano que suministramos de 1890. Dado que no es lógico que inmediatamente de inaugirados los Talleres centrales se necesiten depósitos, es razonable suponer al Atrevido de 1885 a 1890. 
Actualmente, un gran arco de medio punto se ubica en Vélez Sársfield casi Vera Mujica, detrás de los galpones existentes.
Creemos que es un vestigio del viejo Atrevido, del que no quedaría ya otra arquitectura más que sus muros y las vias que cruzan el empedrado de Vera Mujica en un ángulo inusual.
Las plantas del edificio actual, un gran galpón, coinciden, como se vio comparando con el preciso dibujo de Thedy.
La fachada sobre Vélez Sársfield muestra varios contrafuertes, seguramente para apoyar vigas para los techos.  Para poder soportar la techumbre, eran necesarias vigas. Si se observa el muro remanente, se verá una larga moldura de ladrillos decorativos, allí seguramente finalizaba el muro. Sobre el muro así decorado se asentó posteriormente otro, ya a dos aguas.
Podemos suponer, dado los vestigios, que el galpón tenía vigas celosías rectangulares, o u arco gigantesco (al estilo Estación Retiro) que aguantaban un solo techo sin columnas intermedias. Lo de “Atrevido” quizás era por esa falta de apoyos interiores, la carencia de columnas interiores para garantizar maniobras ferroviarias, una audacia ingenieril, con vigas (o cabriadas) de cerca de 40 metros de largo.
Estas hipótesis no le quitan a El Atrevido su carácter misterioso.
Cumplida su misión original, El Atrevido fue reciclado, cubriéndolo con tres naves a dos aguas, probablemente en los años 30, como se evidencia en las molduras decorativas por Vélez Sársfield.
Su imagen original se desdibujó y se perdió.
Con dos generaciones sin llegar a conocerlo, el viejo conventillo que “copiaba” el nombre al gigantesco galpón generó una imagen popular borrosa, pero consistente en la memoria de los vecinos que quizás, jamás lo vieron.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

30 METROS DE ALTURA

La Refinería Argentina fue un emprendimiento que para el siglo XIX –o lo que quedaba del siglo- era un alarde de ciencia aplicada. Según Bialet Masse, en el establecimiento::
“hay todas las máquinas y artefactos de los sistemas más modernos y continuamente modifica e importa los últimos adelantos de la ciencia y del arte" (...) "A él concurren los ferrocarriles de trocha ancha y angosta y tiene un embarcadero propio...”
Sus avances en materia tecnológica eran un orgullo de la industria nacional: llegó a ser la fábrica más importante del país (bueno, eran pocas en realidad) y ocupaba un nicho importante: el de elaborar productos agropecuarios para agregarles valor.
Este Valor Agregado a una mercancía implica una cuestión importante ¿cuánto valor agregar?
No es lo mismo el mineral de hierro, al cual hay que aplicarle mucho valor agregado para que sea útil, que al trigo. Asimismo, cuanto más valor se agregue a la materia prima, más inversiones, en general, harán falta; así, para transformar el hierro en, digamos, un martillo, hará falta una fragua, pero también una carpintería para el mango, varios operarios, leña, etcétera. Para el trigo, tal vez la operación sea más simple, y prueba de ello está en que los molinos son muy antiguos y casi siempre burdos.
Además, cuantas más operaciones necesite para trasformar la materia prima, más valor agregado tendrá, y si trasformar trigo en harina es bastante simple, transformar el trigo en pan complica la cosa.
El negocio estaba en conocer, sabiamente, cuál era el monto de valor que podía ser agregado a una materia prima como la caña, considerando que ésta variaba mucho en valor propio, ya que era un producto estacional. Además, debe considerarse la variable del producto terminado. Debe ser vendido con cierta facilidad, y la ganancia permitir la recuperación de lo invertido, la reinversión en nueva materia prima, bienes de capital (máquinas, por ejemplo) y además que el ciclo tienda ser “indefinidamente perpetuable”.
Ernesto Tornquist comprendía perfectamente esto. Recurrió entonces a varios subterfugios, métodos y sistemas.

Primero, debía asegurarse que la inversión inicial fuese baja y rápidamente recuperada. Para ello, el estado garantizó ciertas leyes muy particulares, que lo exoneraran de impuestos.
Segundo eligió el azúcar como producción, un producto tanto de consumo interno y como de exportación. Se garantizaba así un consumo seguro de lo producido.
Tercero, debía asegurarse un volumen constante de materias primas, para ello, fundó su propio ingenio, y mediante los contactos adecuados, conseguía que los otros ingenios le vendieran la caña a precios razonables.
Cuarto, cuando el flujo de materia prima disminuía, trataba no de buscar caña, sino cañeros, así que refinaba azúcar extranjero.
Y quinto, debía abaratar la producción en sí. Para ello, aumentó los bienes de capital (máquinas, edificios) . A la vez, cualificó la mano de obra, graduándola por precios, según su función, regulando la injerencia de los costos en cada parte del proceso productivo.
Este método le dio resultado por algún tiempo.
El problema no estaba en la fábrica en sí, sino en el producto. Fallando al mismo tiempo la provisión y el consumo, la producción de azúcar fracasaba. Eso sucedió en los años 20 y una vez muerto Tornquist. Con precios del azúcar muy bajos y una deficiente provisión de caña, se creyó que aumentando la tecnología, las cosas mejorarían, pero no fue así.
Un síntoma de este proceso de 41 años de avances técnicos y financieros (1889-1930) fueron las chimeneas que tenía la fábrica de azúcar.
De una simple chimenea de 1889 a a 1896, y unos pocos galpones, pasó a dos chimeneas en 1900, 3 en 1903, y hacia 1910 ya tenía 4 altas chimeneas, de cerca de 30 metros de alto.
Estas construcciones, necesarias para las calderas donde se hervía la caña triturada, eran muy visibles y desde mucha distancia. No fue extraño que se las viera como indicador de progreso.
Las chimeneas se ven con sus extremos ennegrecidos, lo que prueba que no eran “de adorno” como las que se construían, famosamente, en La Forestal, usadas como mojones y muchas de ellas sin vinculación alguna con la infraestructura de la explotación.
Aparentemente, las de la Refinería eran para las calderas al vacío, donde mediante la succión de la aire, se debe bajar la temperatura de ebullición, y evitar el cristalizado prematuro del jarabe.
Una chimenea alta permitía la rápida evacuación de los humos por el “efecto chimenea”: basta una leve ráfaga de viento, para que el humo sea “chupado” de la columna de aire del interior del tubo. Cuanto más alta la chimenea, más rápida la salida de humos y menos problemas de ahumado de  los productos, de allí la tremeda altura, habitual en fábricas de productos algo "delicados", como el azúcar, la cerveza o el pan.
Pero no bastaba con aumentar los caños al viento.
Con la lenta –pero segura- caída de los precios internacionales, quedaba el recurso de bajar el precio de la caña; pero éste era muy variable. A veces era un recurso superabundante; otras, la carencia obligaba a que el ejército mismo reclutara zafreros, a la fuerza. Agregarle valor a la caña ya era carísimo, y el azúcar estaba en baja. 
Con 4 chimeneas, y el azúcar sin vender, la fábrica duró hasta los años 30.
Una postal fechada en 1932 muestra que una de las chimeneas ya había sido demolida, ignoramos porqué, pero se dice que en esa época se elaboraba tanino en la planta semi abandonada. 
La planta en los 40 ya era propiedad de la familia Bemberg. Otra foto de esos años ya la exhibe sin sus tradicionales atributos. La Maltería Safac (de 1947) ya no necesitaba chimeneas, y había comenzado la era del consumo interno. La Maltería proporcionaría una materia prima para la cerveza, de su misma propiedad, la Quilmes. Otras estrategias industriales de concentración y monopolio. Fueron demolidas en una fecha incierta, entre 1935 y 1940.
Para esa época, refienría era un barrio industrial importante. Si bien la vieja fábrica de azúcar ya era un recuerdo, de acuerdo a una vieja guía telefónica de esos años, existían fábricas de vidrio, bolsas, hilos, lonas, alpargatas, botones, zapatos, colchones, cuhillos, alimentos, muebles, envases, ropa, y hasta perfumes. Estas industrias, junto con el puerto y los ferrocarriles, seguramente empleaban a miles de personas, las que a su vez sustentaban con sus salarios a sus familias.
Firmas importantes como la Quilmes, Pappini, Algodonera, Schlau, Germania, Safac y Centenera alternaban con pequeños talleres pequeños o semi artesanales, suminsitrando toda clase de mercaderías de factura nacional. Muchos negocios suministraban servicios y otras mercaderías a la gente trabajadora: almacenes, peluquerías, bares, caernicerías... Esta conformación socioeconómica forjó una mentalidad "laburante" en los vecinos, relacionada con el trabajo muscular y esforzado, vinculada a lo fabril. 
Las fábricas aportaban constantes transformaciones edilicias a la forma del barrio. Los galpones sumaban cientos de miles de metros cuadrados. La electricdad se volvió una forma de energía común, que reemplazó al engorroso vapor. En Safac, Diego Nesci -un constructor de barrio- edificó dos tanques de agua de hormigón, más necesarios para la producción de la malta que las viejas chimeneas de ladrillo. 
No se edificaron más chimeneas.
Frágiles, las chimeneas demasiado altas se vuelven riesgosas. Las juntas de los ladrillos, alteradas por la temperatura, se vuelven porosas, y se van disolviendo por la lluvia. Es muy dificultoso mantenerlas, y los vientos pueden derribarlas.
No fue necesario: hoy sólo queda en todo el Barrio Refinería una chimenea maltrecha y a punto de caer, de la vieja (y desocupada) Algodonera Argentina, de los años 30.
En los alrededores del barrio, las chimeneas petisas e inútiles de la Schlau y la Quilmes, quedan casi como un folklore de los galpones usados para otra cosa.
Las calderas, ciento veinte años después, hace rato que se detuvieron.

domingo, 12 de septiembre de 2010

EL CONVENTILLO, POR DENTRO

Las escenas de conventillos suelen enseñarnos gente hacinada y habitaciones pequeñas, ropa colgada, chicos, piletones. Una serie de habitaciones dan a ese patio, y el piso de ladrillos o de tierra muestra un lugar humilde, de mínima habitabilidad.
La persistencia de esa imagen externa del conventillo hace que la idea que tenemos de él sea exclusivamente “de patios”, y aunque los conventillos fueron de diversa planta edificada, nuestra idea final es la de un lugar más o menos hacinado, pero con esa imagen final del patio público.
Admitamos que la imagen interior, en cambio, es menos frecuente.
Los conventillos estaban formados por una serie de habitaciones, muy vinculadas a la disponibilidad material. Sobre todo el riel o el tirante, generalmente de 6 metros usados para el techo, marcaban las dimensiones máximas que podía tener la habitación. Así, descontado las paredes y el alero del frente, la habitación no podía tener más de 5 metros de profundidad. Y el lote daba la otra medida, que generalmente era similar, al enfilar todas las habitaciones.
Una pieza de 5 x 5 no era extraña, aunque las había más pequeñas.
En ese reducido ambiente, la familia debía realizar la supervivencia más elemental.
Comer, dormir, a veces preparar la comida, planchar la ropa, guardarla; concebir, parir, amamantar y cuidar a los chicos; pelearse y hasta vivir separados. Todo en 25 metros cuadrados de techo de chapas.
Algunas veces la pieza era también el puesto de verduras, pan o venta de ropa  y accesorios.
Otras, estas habitaciones eran ocupadas por hombres solos, trabajadores con las necesidades mínimas de un techo y un lugar donde dormir hasta emigrar a otro lugar.
Pero en otros casos, en esa habitación no era raro que convivieran los padres, los hijos y algunos parientes, como la abuela y algún tío o sobrino. Como suponemos, el mobiliario era necesariamente poco, y austero.
Veamos. 
Las camas eran por lo general de hierro pintado para el matrimonio, y pequeñas camas, catres o simplemente el suelo eran la cama de los chicos y parientes.
Era infaltable una mesa central. Esa es el alma de la pieza. Allí se come, se plancha, se toma vino, mate o café. Con el calor, se saca al patio o a la galería, y si se puede. Estas mesas baratas que los anticuarios llaman “de campo” eran de conventillo, en realidad, mesas de madera blanca, pintadas de verde o de rojo, con un cajón para los cubiertos.
Las sillas eran simples, empajadas, de patas y respaldar torneados y sólo a veces pintada, en general de verde.
Otro de los muebles habituales era el que llamamos arcón o baúl. Esta gran caja era un recuerdo del viaje desde España, Italia, Alemania o Siria, por lo que su formato es muy variable. Pueden ser cuadrangulares o de tapa abombada, que los hacía más resistentes en la bodega. Los hay de chapa y de madera pintada o forrada en tela, o cuero. Tres cierres son lo más frecuente. No era raro su uso como sillón, mesa o cuna improvisados.
Un mueble ya de semi lujo era el aparador, hoy conocido por los anticuarios como aparador de campo, o erróneamente, por su forma, bargueño. Este mueble no siempre era el de tapa de mármol tan buscado hoy por los decoradores, sino uno de madera blanca y liviana, pintado, como la mesa. Debajo, dos puertas eran para guardar los platos y ollas. Una tapa de madera servia de apoyo, y a la vez sostenía la alzada, gabinete de dos puertas donde se ubicaban más enseres como vasos, jarros y copas. Entre la tapa y la alzada quedaba un hueco para poner botellas o una frutera. No era raro que tuvieran un espejo central, biselado, y algunas molduras simples de adorno. Debajo de la tapa, dos cajones: uno para los cubiertos, y el otro para el mantel, las servilletas y otras cosas menores.
Se supone que no se cocinaba dentro, pero era infaltable el peligroso brasero de hierro, que se dejaba en invierno para calentar la sala y que provocó no pocas tragedias por asfixia. El brasero también calentaba la plancha de hierro, por lo que solía tener una parrilla. La alternativa - aunque ya entrado el siglo XX- era el Primus, calentador sueco a base de kerosene. Dicen que tendía a explotar con el kerosene de mala calidad.
La tabla de planchar era otra de las cosas comunes en la pieza, sobre todo si la mujer planchaba para afuera, como ingreso extra. De madera e inestable -era muy angosta – la tabla era plegable como las de hoy, aunque en general se usaba la mesa de comer para este menester.
De las paredes, ganchos servían para colgar la ropa y una palangana grande enlozada o un fuentón de cinc eran usados para lavar y lavarse.
Un ropero de dos puertas y una mesita o cómoda solían completar el escaso mobiliario.
Ollas, jarros y platos baratos de chapa esmaltada, tazas de loza piedra, cubiertos de metal blanco o bronce, y vasos de vidrio grueso eran el menaje habitual.
No podemos descartar herramientas, gabinetes, roperitos, mesas de luz, banquitos, bancos de madera, lámparas, y otras cosas que, dependiendo de cada familia, poblarían el estrecho ambiente. Pero con ese reducido menaje, la familia debía vivir.
Creemos que la expansión familiar, producto de la mejora en las condiciones económicas y sobre todo la estabilidad laboral en el período 1890-1915, trajo aparejada la necesidad de cambiar el conventillo –un gasto importante en alquiler– por la vivienda unifamiliar propia, o el menos frecuente departamento.
Se hiceron necesarios más espacio, luz y moblaje, pero también más privacidad y a la vez, la prole se fue reduciendo.
Refinería era un barrio de cierta disponibilidad en tierra, sobre todo alejándose del entrono inmediato de la fábrica y el ferrocarril adyacente, los cuales fueron acaparados por las industrias para aprovechar la cercanía a los muelles.
Aquí hemos hecho un croquis con una posible ubicación de los muebles en una pieza de conventillo. Aclaremos que esto no significa describir la vida de sus habitantes: nos conformamos por ahora con describir su hábitat.

Con el tiempo y las trasformacioens económicas y urbanas, comenzó una movilidad espacial importante, y las casitas fueron poblando el barrio, rellenando los frecuentes baldíos.
Sin embargo, los viejos conventillos siempre estuvieron poblados por obreros nuevos, en esa especie de depósito para el ejército de reserva de las fábricas, en un barrio principalmente portuario e industrial.
El conventillo, si bien no desapareció durante la primera mitad del siglo XX, fue una solución transitoria al problema del hábitat en el barrio.
Durante años, muchas personas se alojaron en estas piezas, mientras esperaban el trabajo estable, el sueldo. Hombres solos ocupaban las habitaciones que desocupaban al casarse y encontrar algo mejor.
.
Resta saber: ¿porqué no se tienen fotos o imágenes del interior de los conventillos?
Los datos que hemos puesto en este artículo se basan, casi todos, en testimonios, algunos dibujos y cuadros.
Hipótesis 1: tal vez no era algo para ser fotografiado.
Hipótesis 2: la habitación pertenece a la esfera privada, inviolable para las clases medias, a las que invariablemente pertecen los fotógrafos.
Algunos fotógrafos han retratado talleres y fábricas, pero esto -creemos- estaba signado por el trabajo, como motivo digno de la imagen.
No así la lúgubre y sórdida habitación del conventillo, la mala vida.
El conventillo reunió todas las características no deseadas por la naciente clase media de comienzos del siglo XX: hacinamiento, baja calidad, poca vida privada, conflictividad, cosmopolitismo forzado. De allí, que sea en sus comienzos una forma de vida negativa, frecuentemente despreciada y hasta tomada con sarcástico desprecio.
Fue una forma de hábitat histórico, pero que nos ha marcado. Decirle a una mujer "conventillera", significa que es chismosa y hasta promiscua, al igual que un edificio con demasiados departamentos es un conventillo, despectivamente.
Suponemos que esta forma de vida es lejana y hasta absurda, y nos tranquiliza el hecho que haya sido una manera temporal de vida, "ya pasó", pensamos.
Pero existen habitaciones de este tipo en las villas miseria que, con dimensiones aún más reducidas, no admiten temporalidad alguna, porque el cambio es lejano e impredecible.
La chapa que permite lo barato, paradójicamente impide la migración ¿adónde hallar una casa tan barata? la palabra villera ha reemplazado a conventillera, con la misma o mayor carga de desprecio para la aludida.
O alquiler o marginalidad, parece ser la norma habitacional de hoy para la gente de escasos recursos. Aún con empleo permanente, el villero, pero también el joven profesional, saben que alcanzar la vivienda propia es una utopía remota, que les llevaría un siglo conseguir.
Casi tanto tiempo, como el que nos separa del viejo conventillo.

domingo, 4 de julio de 2010

HECTOR THEDY Y EL BARRIO

Los planos de la ciudad son representaciones no sólo de una forma en el espacio (las casas y calles) sino también una forma de voluntad y de deseo de una forma futura (las casas y calles que van a construirse).
El plano que vemos fue realizado por el ingeniero Héctor Thedy.

El ingeniero lo tituló “Trazado general de calles. Entre Bulevard Timbúes, Avellaneda, Río Paraná y Paredón Norte de los Talleres”. Esta es una forma extensa de decir “El Barrio Refineria”.

En el plano de don Héctor pueden verse varios detalles importantes.

Una vez que podemos ver e identificar calles y manzanas, llaman la atención son los detallados gráficos pequeños, que representan las casas y galpones del sector. Estos son representados con dos formas de dibujo, dos tipos de rayado diferente. Uno de los rayados parece significar una construcción de ladrillos, estable. La otra, la de galpones construidos en chapa y madera, construcciones al menos “removibles”.

De acuerdo a esto, Thedy plantea construcciones “duras” o “blandas” respectivamente, para la realización de eventuales proyectos urbanísticos. Los estorbos urbanísticos (las casas en medio del avance de las calles) debían ser removidos, la regularidad geométrica del plano debía ser implantada.

El dibujo tiene como objetivo presentar el proyecto de apertura de calles; en este caso, las que penetrarían en el barrio para comunicarlo con la ciudad, en la medida que los galpones ferroviarios lo permitían. Eran un estorbo inamovible: el Pasaje Escalada, hasta hoy, pasa por debajo de las vías. Los terrenos de Bernardo de Irigoyen eran de la misma categória.
Según el arquitecto Héctor Floriani, "la apertura de las calles estuvo subordinada a la voluntad de los propeitarios de las fracciones a urbanizar" (ver Orígenes y Desarollo de la de la etsructura urbana del Barrio Refineria de la ciudad de Rosario. CURDIUR, FAPyD, UNR, 1985).
Entre estas calles, está la prolongación de Iriondo, calle que lleva hoy el nombre Ingeniero Héctor Thedy. También está la extensión de calle Nº 2, hoy Monteagudo, desde Gorrriti hasta Nelson, y de Boulevard Timbúes, hoy Avenida Francia, hasta chocar con el terreno de Davis & Compañía. Varias calles, como Gamonal, cambiaron de nombre, tal vez para hacer olvidar viejas luchas fratricidas.
En el plano de Thedy se destacan los grandes galpones de la Refinería, perfectamente paralelos entre sí, y las grandes construcciones de Junín, posiblemente conventillos o casas colectivamente construidas, ya que están en el mismo terreno. Una de éstas, hacia el norte, sobre Sarmiento, hoy Vélez Sársfield, suponemos es el famoso conventillo El Atrevido.
Si observamos otras construcciones, veremos que existe una cierta confusa anarquía en la disposición de galpones y casas. Varias invaden la vía pública, otras se alienan a ésta perfectamente.
Hay una construcción a extrema derecha del plano, sobre la franja de proyecto, veremos una casa del tipo “claustro” que invade la traza propuesta por Thedy. Esta casa existía hasta hace unas semanas y fue demolida por encargo de la Municipalidad en las tareas de remodelación del sector. Otras se superponen a calle Junín, o directamente ocupan el ancho de calle Gorriti.
Suponemos que los trazados de calles son meramente ideales, y que el barrio no poseía una delimitación y demarcación clara, proviniendo muchas de estas construcciones de épocas anteriores a la mera existencia de algo parecido a una calle.
Sin embargo, la mayor parte está alineada a las calles.

La relación entre alineadas y no alineadas es favorable a las primeras, son 11 casas de casi doscientas construcciones. Las casas "fuera de orden" son pocas.

Dado que el plano de 1903 es de una fecha muy cercana a la fundación de la Refinería -1889-, podemos decir que representa una imagen urbanística muy cercana la dicha fundación.

Podemos comparar este plano con otro de 1899, dibujo cuatro años anterior al de Thedy. Es el plano más antiguo que poseemos en el Museo, y es del sector que tomó Thedy. Es un plano de proyecto, y precisamente trata de delimitar las calles que para 1903 ya están perfectamente definidas; es evidente que hay una necesidad de urbanizar el sector, tanto en el plano de 1898 como en el de Thedy.
Nuestra hipótesis -no es más que eso- es que las casas que invaden las trazas en el relevamiento de Thedy de 1903, podrían ser remanentes de un estado urbanístico previo a la Refinería.
Si eliminamos edificios de fecha más o menos cierta, como los galpones de Refinería, el Atrevido, algunos conventillos alineados, los cuartos de Arijón, vemos que poco y nada queda, tal cual se ve en el plano de 1899. Esto se condice con una imagen casi campestre del barrio, con pocas casas, tal vez remanentes del antiguo Saladero 11 de Septiembre, que serían, precisamente, las más antiguas o al menos, las "rebeldes", no urbanizadas.
Decimos que es una hipótesis, porque no hay seguridad que haya otras casas en el barrio, antes de la Gran Fábrica de Tornquist, o que esas casas se hayan hecho en la época entre 1889 y 1903.
Sin embargo, la falta de alineación implicaría que son previas a cualquier calle o trazado.
Finalmente, podemos afirmar que entre 1898 y 1903 existió una verdadera fiebre urbanizadora en el barrio por parte de la Municipalidad.
De una forma semi-urbana, se pasó en pocos años –unos 10- a un barrio de pleno derecho.
El pasaje de una forma semi rural a otra urbanizada fue un paso de expansión clave de la ciudad, ya que comenzaba a unirse con el sector norte, semi urbanizado también, y conformado en pueblos como Sorrento y Alberdi. En 1919, formaron parte de la ciudad como barrios.
En la apertura de calles “clave”, tal vez algo tuvieron que ver las agitaciones sociales, como se ha dicho frecuentemente, argumentando que la transitabilidad facilitaba el acceso de fuerzas represivas.
Pero podemos decir también que la ciudad tenía necesidad del barrio.
Los dueños de las fábricas necesitaba ese acceso, para poder introducir al barrio los obreros necesarios para la fabricación. Los tranvías, las bicicletas, la gente de apie, podía llegar con certeza y puntualidad a las fábricas.
Cuando decimos “la ciudad” hablamos de la Municipalidad, pero también de los propietarios capitalistas, que difícilmente vivieran en Refinería, y eran casi todos miembreos de clases altas, como los urbanistas al servicio de éstos, claro. ¿cómo no ponerle a Iriondo, Avenida Ingeniero Thedy?
Hoy, ciento siete años después, hay otras reformas en el barrio: con emprendimentos gigantescos, han vuelto los propietarios, que usufructúan terrenos que fueran públicos y de todos, pero ahora privatizados y de unos pocos. El afrancesado Boulevard Oroño fue reemplazado por el modernísimo Puerto Norte. Por supuesto, una vez vaciado el sector de masas obreras (o marginales, que hoy es casi lo mismo).
Las viejas casas, de fines del siglo XIX, anteriores al barrio mismo, desaparecieron, y seguirán desapareciendo. No son patrimonio, sino una montaña de cascotes, un estorbo, casi como lo fueron para Héctor Thedy.
Todo por el progreso, que aparentemente siempre significa lo mismo, del mismo modo y para los mismos de siempre.