LA HISTORIA NO ES EL PASADO, PORQUE TRANSCURRE HOY .
El Museo Itinerante del Barrio de la Refinería, las Jornadas de Cronistas e Historiadores Barriales y el Museo Virtual están declarados de Interés Cultural por la Secretaría de Cultura de la Municipalidad de Rosario y el Honorable Concejo Municipal.
Personería Jurídica Otorgada por Resolución Nº325 del año 2010.
SE MUESTRAN 5 ARTICULOS POR PAGINA, Y SE PUBLICA UNO NUEVO CADA MES. Para comunicarse:
BANCO DE IMAGENES: angita1845@yahoo.com.ar

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lunes, 20 de enero de 2025

2 ERRORES ECONÓMICOS

 

En su historia, la Refinería Argentina cometió dos errores económicos severos, y hasta fatales. 

Al comenzar, la necesidad de azúcar refinada era importante.
Una inmigración creciente, más consumidores, la aparición de bares y fondas, los cambios en la dieta eran solamente una parte de la ecuación de Ernesto Tornquist, el fundador de la empresa.
La construcción de vías férreas entre Tucumán y la ciudad de Córdoba y con Rosario a partir de 1876 bajó los fletes y aceleró los tiempos de la vieja carreta. El vapor, aplicado a la producción, abarataba los precios por tonelada de azúcar.
En ese momento, la ecuación mercado / costos de producción cerraba favorablemente. Pero como el consumo crecía, era necesaria más azúcar y eso –pensaba Tornquist a fines del siglo XIX- se resolvía con tecnología: más maquinaria, más planificación, técnicos, personal especializado para cada proceso de fabricación.
 

Un primer problema ocurrió en 1890-91.
La crisis generalizada en el país -fuertemente especulativa- derivó en una caída general de la economía. La Refinería Argentina y vio caer la demanda, y por lo tanto restringió la producción.
Torquist sabía que una sobreproducción abarataba los precios, pero a demanda constante o en retracción, generaba pérdidas, ya que los costos de refinar no se cubrían con las ventas escasas.

A partir de 1892, la producción y la demanda se recuperaron, creciendo año a año.
Pero Tornquist decidió que al empresa funcionaría como intermediaria, sin vender directamente al mercado, sino que refinaría para otras empresas. La “venta” era de azúcar a vendedores y de ese modo, la Refinería Argentina se cubría de súbitos bajones en los precios, que era un problema supuestamente ajeno.

La primera crisis grave fue en 1905.

La zafra fue excepcionalmente abundante y la baja de precio considerable. El gobernó de acuerdo con Tornquist, intervino con un impuesto y la (inconstitucional) Ley Machete, obligar a los hacendados y propietarios de ingenios a limitar la producción. En 1906 fue a la inversa: las heladas dejaron sin caña a la Refinería y se pidió importar caña e incluso, azúcar refinado para revender.
En 1907 muere Tornquist, habá terminado la época de los “pilotos de tormentas” (como lo eran Pellegrini y Tornquist) y el mercado del azúcar era internacional, competitivo e inestable. 

En 1909 se tomó la decisión e incrementar la producción a casi doble.
Fue un error fatal de los herederos del fundador. El primer error.

La sobreexpansión tecnológica necesaria para ese volumen se contraponía al exceso de caña, y se contrajeron deudas cada vez más dificultosas de pagar. Se sumaba la dificultosa exportación, por la guerra de 1914-18, y la competencia de los dueños de ingenios, que también refinaban azúcar.
Resultó una agonía de 25 años.

Con el tiempo, se pensaron otras producciones: melazas y jarabes, destilación de ginebras y alcoholes para terceros (Herwig, Schliper) y desde 1921, la extracción de taninos todo en base a las maquinarias existentes. Pero los consumos seguían cayendo y en 1929, la Crisis de Wall Street golpeó todo el sistema capitalista. Las acciones de la empresa, que se habían duplicado, dividiendo al capital, cayeron estrepitosamente. 

Llegó el segundo error.
La caída del precio del tanino borró el negocio que empezaba a dar resultados.
Frente a esta situación, se pidieron créditos e incluso se llegaron a pedir préstamos a las mismas empresas de Torquist.
La espiral de endeudamiento con créditos (cada vez duros desde 1918) y bajos dividendos comenzó a agigantarse.
La caída del precio del tanino en 1930 borró el negocio que empezaba a dar resultados. En 1931 las supercosechas se repitieron.
La Refinería Argentina que ya tenía solamente un cliente, en 1932 ya no le compraría azúcar… y no podía pagar los créditos.
La tabla de abajo muestra la producción de la Refinería Argentina a lo largo de su existencia: las caídas abruptas son en 1904, por la falta de tecnología, en 1917 por la Ira. Guerra Mundial, en 1929 por la Crisis de Wall Street. En 1932, en el gráfico de abajo puede verse la caída definitiva.

De 600 obreros, la Refinería Argentina pasó a tener 1600 en 1910 y solamente 20 en 1932.

El cierre afectó a todo el barrio, ya que la Refinería no sólo producía azúcar, sino también alcoholes y bolsas de algodón, sino que también generaba un activo comercio barrial de almacenes, bares y tiendas.
Dos errores: creer que las compras siempre crecerían y cuando bajaron, el producir más, haría recuperar las pérdidas. Luego, frente a las pérdidas, endeudarse para producir más... y hacerlo.
Esa hipertrofia de la tecnología resultó fatal, probablemente al continuar con el pensamiento del siglo XIX, cuando “estaba todo por hacer”, no había competencias feroces ni crisis de precios. En 1889 se podía tener un monopolio, en 1932, ya no. Al menos del mismo tipo.

Así, la Refinería Argentina sufrió una crisis de producción, que los continuadores de Tornquist no supieron ver: carecían del instinto político y económico del fundador.
La macroeconomía se llevó puesta a la Refinería.  

Y eso también pasó en el barrio.





Bibliografía:
Guy, Donna. (1988). Refinería Argentina, 1888-1930: límites de la tecnología azucarera en una economía periférica. Desarrollo Económico. Revista de Ciencias Sociales 28 (111). 353-373.







EVOLUCIÓN

 

Al ver las antiguas fotos de la Refinería Argentina, puede verse una evolución arquitectónica.

Algo que puede verse inmediatamente es que el edificio “clásico” no fue el primero.

La empresa primero construyó una primera nave, con una chimenea y la casa de la administración, hacia el norte del predio. Y un galpón más pequeño, probablemente un depósito vinculado al muelle y al ferrocarril.
Con la “donación” de calle Gorriti al 200, aproximadamente en 1905, a los ferrocarriles que abastecían a la fábrica, se comenzó a edificar la construcción que puede verse hoy.

Pero la Refinería no se detuvo en su evolución edilicia.

Como evidencia de su expansión, la fábrica de azúcar pasó de tener una sola chimenea inicial, dos en 1910, 3 en 1915 y 4 chimeneas en 1918. Otro indicador es la cantidad de obreros. Había comenzado con 600 trabajadores y llegó tener 1600.
Las ampliaciones se observan mejor desde el río, en base a varias fotos que perduran.
Aunque las construcciones parecen caóticas, es porque hay dos líneas: la este oeste, paralela a las calles y la de la barranca, que sigue una línea diagonal. 
 

Se observan galpones de todo tipo y tamaño, unificados por su arquitectura de ladrillo a la vista. Desgraciadamente, sus funciones se han perdido, ya que no se han hallado documentos sobre su necesidad.
Como se ve en la foto de abajo, esta arquitectura parece consistir en naves industriales, con medidas que van de 11 metros a más de 20 de largo. 
El orden se observa de modo muy diferente desde el río que en vista aérea.
Los edificios se dispusieron “a lo largo” del terreno, dejando dos calles longitudinales este-oeste para la circulación y dos grandes patios, al norte.

 


Intermedios, se colocaron otros edificios menores los adosados a las barrancas, probablemente eran para el manejo de cargas y descarga de los barcos y las todavía visibles grúas (cranes, winchs o “guinches”).
Los patios parecen haber tenido la función de recibir material a procesar primero y a partir de los años 30 –con al Maltería- estacionar camiones. De todos modos el depósito al aire libre fue el terreno adquirido c. 1915, sobre la calle Thedy-Caseros donde se acopiaba madera de quebracho para la extracción de tanino, un servicio prestado a La Forestal.
En resumen, la arquitectura de la Refinería pareció ser por completo racional, pero sujeta a la producción. A mayor producción, mayor superficie edificada, mayor producción, más edificios...


Ese incremento fue un error.
La forma “edematosa” de construir finalmente resultó perjudicial con una crisis azucarera en curso. 

En 1905, ya habían  cometido una equivocación fatal: llevar la producción de 65.000 a 110.000 toneladas, pensando que producir más era buena idea... mientras en Tucumán y Salta  se quemaban cañaverales para volver escasa el azúcar y así subir los precios del mercado. Produjeron un récord, más de 80 mil toneladas.Vendieron a precio bajísimo para poder "colocar" el producto casi a pérdida. Empezó la decadencia, que se intentó resolver con más inversión.

Pero en 1930, la crisis se repitió, aunque peor.
Las causas principales de esta crisis eran cinco:

- La crisis general del capitalismo, la famosa "Caída de Wall Street" de 1929.

 - Un sobrecultivo tucumano de caña y sobreproducción de azúcar, desde 1926. En ese año, Estados Unidos comenzó a refinar y Brasil planificó la producción azucarera en 1929. La competencia era creciente y la mayor cantidad de azúcar producida bajaba el precio del producto, internacionalmente también a la baja.

- Un incremento de los medios de producción (maquinas, instalaciones). Eso  agravaba el problema y los capitales fijos disminuían el capital dinerario, que podían ser aplicados en otros emprendimientos. 

- Una producción creciente y a bajo precio, no implicaba mayores ventas, porque el mercado era fijo. Cada centavo de azúcar contenía mucho de dinero de la inversiones, que no se recuperaba con la venta.

Frente a la crisis, se intentó una diversificación en subproductos: azucar medio refinada, melazas, bagazo, ginebra, alcohol, jarabes, tanino, vender servicios de refinado. La idea era aprovechar la capacidad instalada. Pero no bastaron para compensar la venta de azúcar a muy pocos centavos el kilogramo.
Todos experimentos fallidos, que consumieron capital dinerario adicional.
En 1930, acosada por las deudas y con una producción masiva que no pagaba los gastos, la Refinería redujo su personal de 1660 obreros a sólo 330. De refinar 23 mil toneladas en los comienzos, había llegado a un máximo de más de 84 mil toneladas en 1909.
En 1932 sólo produjo 600.

Tras un período de 2 años de reducción de stocks y austeridad empresarial, el ya inevitable cierre se produjo el 23 de octubre de 1932. Quedaban  en la calle sólo 20 operarios.
Luego de una década de abandono (entre 1930 y 1940 se demolieron dos chimeneas) en 1947 la Maltería Argentina compró las instalaciones, que al parecer resultaban apropiadas para el acopio de cebada para la fabricación de maltas para cervecería, proceso que requería de gran cantidad de agua para remojo del cereal y posterior tostado. Al ser innecesarias, la Maltería demolió las chimeneas restantes, probablemente al incluir la electricidad en el proceso.
Luego de la intervención peronista y un regreso fallido en los años 60, la Maltería Argentina también cerró, frente a la malta brasileña, mucho más barata, y sus cervezas, sobre todo Brahma, que costaba la mitad en el kiosco. 

En 2001, el predio histórico estaba por completo abandonado y en venta.
Sólo cabía el r
eciclado, como un gran contenedor “pintoresco” de viviendas de medio lujo. Para aumentar la cantidad de departamentos, el viejo edificio recibió un remate de chapa acanalada, de acuerdo a los gustos de la arquitectura actual.
Otras épocas.

En resumen, la arquitectura original de la Refinería Argentina de Azúcar fue tan racional como emergente, pero al estar atada a una producción que entró en decadencia, terminó siendo irracional en lo económico.
Era demasiado grande y costosa de mantener, para el escaso beneficio que producía.
Lo que en el habla popular puede denominarse un... elefante blanco.


jueves, 16 de enero de 2025

DE UN BARRIO A OTRO BARRIO

 

En 1997, la Municipalidad de Rosario contrató una serie de vuelos fotográficos con el objetivo de registrar la costa rosarina, en particular Puerto Norte. El autor es el arquitecto Walter Salcedo.

Esta zona –el este del Barrio Refinería- era una franja de la ribera que debía quedar liberada de silos, elevadores y muelles, que se mudarían a Puerto general san Martín o quedarían  ubicados en la zona sur de la ciudad, algo que hoy puede constatarse.

El Plan Regulador de 1967, que establecía esa zonificación, se complementó con la Prefectura Gran Rosario. En resumen, la ribera portuaria se dividía en Rosario y su conurbano.

Con el golpe cívico-militar de 1978, el Plan Regulador fue borrado mediante un simple decreto del intendente de facto, Augusto Félix Cristiani, estableciendo manu militari que la empresa Genaro García y la Federación Argentina de Cooperativas Agrarias (FACA) podían usufructuar Puerto Norte por 20 años, o sea las concesiones caducarían en 1998.

En especial Genaro García fue habilitada apenas un mes después del fatídico 24 de marzo de 1978, lo cual indicaría contactos previos con miembros de la futura dictadura.

En 1984 –con la democracia flamante- hubo una explosión (con tres muertos). La contaminación afectaba a los vecinos, con alergias, congestiones y según algunos, con aparición de enfermedades graves como cáncer y leucemia. Todo ello, paulatinamente puso en crisis la permanencia de Genaro García en el lugar, a pesar del decreto dictatorial de 1978.

Pasado el plazo del ukase de Cristiani, el intendente Hermes Binner conminó a la empresa Genaro García a abandonar el predio que ocupaba, lo cual había llevado a un amparo judicial.

Pero según el diario Página 12, en un artículo titulado “Todo tiene un final” del 18 de octubre de 1998: “Agotadas todas las instancias en la justicia provincial y en el fuero federal —que llegaron incluso a la Suprema Corte de Justicia de la Nación—, ayer después de las 14 un grupo de funcionarios de la secretaría de Gobierno, Asuntos Jurídicos, Registración e Inspección y Control Urbano, procedieron a colocar la faja de clausura. La empresa había conseguido el permiso durante la última dictadura militar, el 26 de agosto de 1976.”

Simbólicamente, en 2001 el soplete municipal cortó los bulones del puente que pasaba por encima de la calle, ahora pavimentada como un acceso norte, que comunicaba con Vélez Sársfield. Las tierras portuarias que la dictadura regaló a Genaro García fueron vendidas y FACA destinó sus tierras a desarrollos inmobiliarios.

Volviendo a las fotos, son de 1997 y en ellas puede verse el estado previo a la construcción del actual barrio Puerto Norte.

Pueden verse todavía los barcos embarcando cereales, cargados en camiones que estacionaban a lo largo de calle Junín.

La situación se completaba con el abandono del predio ferroviario. Con el desguace de Ferrocarriles Argentinos, el corredor Rosario-Tucumán se desactivó, quedando sólo el ramal a Córdoba y el predio cercano al barrio funcionó como playón de vagones y eventualmente, para descarga de cereales.

En el año 2001, la ribera norte estaba totalmente desocupada de instalaciones portuarias y comenzaba un proceso de diez años de desarrollos inmobiliarios y comerciales.

Los terrenos portuarios y ferroviarios nacionales pasaron a manos privadas y se configuró un inmenso proyecto urbano municipal: el Plan Especial 2a Fase Centro de Renovación Urbana Scalabrini Ortiz - Puerto Norte.

Pero más allá de la nostalgia de ir a pescar a los muelles, la contaminación o las casitas de cortada Arenales, todos esos grandes procesos no afectaron al Barrio Refinería, que desde mediados del siglo XX se había “dado vuelta” respecto a la vieja Refinería de Azúcar y miraba hacia el oeste, sobre todo a Bv. Avellaneda con dos calles/corredores: Gorriti y Vélez Sarsfield.  

Y el nuevo proyecto municipal para toda la ciudad, no para el Barrio Refinería, que quedó segregado del Plan Especial.

La consecuencia que hoy puede verse es la aparición de otro barrio, el Barrio de las Torres.

Esto reconfiguró a Refinería, que quedó enmarcado con dos bordes de alta gama: al sur el Shopping El Alto, al norte nuevos edificios de lujo y al este, Las Torres.

El barrio Refinería comenzó a perder el sentido norte-sur de 1950 y sus vecinos y vecinas, a vincularse con la costa de otro modo. Varios edificios históricos se alteraron  y muchos se demolieron, pero sobre todo, el barrio quedó como un potencial espacio de renovación total, acorde a los poderosos intereses inmobiliarios.

En 2024, calle Junín podrá tener edificios en altura y los corredores Vélez Sarsfield y Gorriti, dos pisos más.

Hoy, el Barrio Refinería corre un riesgo severo: el de dejar de serlo.

Las nuevas construcciones verticales tienden a volver a los vecinos anónimos, a la vez que no generan particularidades, no habría diferencia con Echesortu o avenida Pellegrini, de vecinos que se desconocen entre sí. Un edificio de 10 pisos con dos casas bajas a cada lado no significa que haya menso sol. Probablemente sean diez familias desconocidas, que viven en un edificio, no en un barrio y que no conocen a otras tantas familias en la cuadra. “Barrio” sería solamente una imagen, una localización y no una identidad o una pertenencia. Que se llame “Refinería” sería una curiosidad histórica.

Es que todo cambia.

Y esta evolución del Barrio Refinería –disparada por una foto ya vieja- ocurrió en 30 años.

Justamente el lapso de tiempo que tomó su formación.

 

martes, 17 de enero de 2012

ARENALES

La actual Cortada Arenales es una de las calles más antiguas de Refinería. Es una calle extraña, porque se “quiebra” al cruzar Francia, y fue calle de acceso para numerosas viviendas, podría ser incluso antes de la instalación de la Refinería.
En un plano de 1899, firmado por el ingeniero Juan Bosco, de Obras Publicas de la Municipalidad del Rosario, la cortada –sin nombre- aún no aparece consolidada, sino dibujada con trazos que indican su carácter precario. El nombre Vignale nunca fue oficial: la ordenanza no lo menciona, y posiblemente provenga de algún vecino del lugar, incluso previamente a la instalación de la Refinería.
Mediante la Ordenanza Nº 3 de 1905, la cortada Vignale (Vignales o Viñale, en algunos documentos) pasó a llamarse Antonio Álvarez de Arenales.
El aislamiento urbanístico causado por el ferrocarril (con sus típicos paredones) y el río, daban al barrio un carácter propio.
Allí, la Refinería Argentina de Azúcar, inaugurada en 1889, era la más moderna industria del país (aunque no la única)  y obviamente necesitaba disponer constantemente de mano de obra, un suficiente “ejército de reserva” que implicó una cierta concentración poblacional.
El censo de 1910 muestra que en las manzanas aledañas a Arenales había una fuerte densidad poblacional. Quizás esas manzanas eran elegidas para vivir por su cercanía a la fábrica y los talleres y probablemente había una población obrera socialmente diferenciada. La inmigración europea –también reflejada en el censo- hacía de la cortada Vignale un lugar cosmopolita. En todo el Barrio de la Refinería vivían italianos, españoles, ingleses, austriacos, sirios, polacos, yugoeslavos, checoeslovacos e ingleses. Debe tenerse en cuenta que un 30% de la mano de obra de Rosario, de calificación media o baja, trabajaba en el puerto o en actividades vinculadas a la producción.
Esta presencia de inmigrantes daba seguramente a la calle de dos cuadras un aspecto hoy irreconocible, ya que se calculan hacia 1910 unos 1500 vecinos, de los cuales aproximadamente un 70% eran inmigrantes.
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La cortada como hábitat
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Para albergar esta población, en la cortada (inicialmente de tierra) se podían observar casas sencillas de frentes lisos, casas de chapa y varios conventillos que se ubicaron en la cortada, formas de resolver el problema de la vivienda (ver plano del ing. Thedy, a la izquierda).
Uno de estos conventillos albergaba la primera escuela del barrio, de 1895, la Escuela de Refinería, Escuela Refinería o la Escuela de Misia Nina. Su ubicación original es incierta, pero se sabe que en 1906 concurrían 84 niños y 104 niñas, una portera y dos docentes. Luego llamada Escuela Nº 72 Juan Bautista Justo, fue abierta y dirigida por Saturnina Olmos como “Escuela de 6ta. Categoría” y era inspeccionada frecuentemente por Gabriel Carrasco. Era gratuita y para los numerosos hijos de obreros.
Los bares eran un rubro importante en la vida comercial del barrio. En la esquina con Vera Mujica, el Bar de Pastoriza, que aún se conserva y funcionó hasta la década del 70 con una clientela compuesta por obreros, marineros y estibadores.
La cortada estaba cercada por las grandes montañas de carbón de la Carbonería Wilson, y los depósitos de la fábrica de alcoholes Soler, demolidos recién en los años 90. La línea ferroviaria que empalmaba con la Estación Embarcaderos, cruzaba hacia el este de Vera Mujica, aunque sin cruzar la cortada. En 1946 se estableció en ese sector la Arenera Cid, con grandes silos areneros de hormigón y hierro.
Avanzado el siglo XX, Arenales era el centro obligado de las comparsas de Carnaval, entre ellas la de los míticos Negros Escoberos, de borrosa existencia. De este grupo se posee un recuerdo importante en el barrio, sea por pintoresquismo o su supuesta peligrosidad, asegurándose que se convocaba cada carnaval en Arenales y Vera Mujica. Luego se marchaba al Carnaval del Barrio Talleres y por Avenida Alberdi se marchaba para la obtención de premios.
En el espacio entre Francia, Arenales y Vera Mujica, se instaló, en 1933 el Club Numancia, nombre vinculado a una tragedia naval española. Con los colores españoles, su sede estaba en el 282, y constituía un club muy popular entre los inmigrantes. En Arenales, cruzando Francia, hacia el sur, estaba la cancha de Vélez Sársfield, activo en los años 40 y 50.  
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Las carencias del "barrio bajo".
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En el área ocurrieron seguramente hechos delictivos, peleas a cuchillo e incluso la muerte en 1911 de un capataz de la Refinería que le negó la entrada un obrero que no dudó en apuñalarlo. A pesar de nombres “románticos” como la Barcelona Argentina, por estos hechos –reales o míticos- se conoció su entorno como “El Barrio de la Puñalada”.

Al poblarse la calle, los desagües provisorios cruzaban las veredas por doquier. La cortada poseía dos zanjas laterales para la lluvia y los líquidos cloacales. Unas lajas en cada esquina permitían el cruce, cuando la calle se tornaba intransitable. En una revista “Plumazos” de 1938, puede leerse que:
“Penetrando por la cortada Arenales desde Iriondo hacia el este, puede observarse un inmenso caserío compuesto por covachas construidas con lata, maderas y otros materiales, las que se alzan sin orden ninguno entre pequeños canales de desagüe llenos de aguas corruptas”.
A los efectos, se solicitaba al Intendente Miguel Culaciatti (arriba, izquierda) “el riego con creolina de las calles de tierra” para la prevención de los “focos infecciosos”.
Los comunes carros a caballo de la época dejaron, en uno de esos cordones, una argolla para atarlos, vestigio casi arqueológico de la década del 30 y testimonio de costumbres casi olvidadas, donde la cortada era uno de los accesos a la ribera portuaria.
Algunos vecinos incluso recuerdan un viejo y enorme ombú, casi obstaculizando el paso, en Vera Mujica y Arenales, o la frondosa arboleda de eucaliptos y álamos que poblaban la zona, señalando la cercanía de la antigua Estación Embarcaderos, y que se visualizaban a lo lejos.
En los años 60, durante la intendencia de Rodolfo Bercovich (foto de la derecha) se derribó un tapial que cerraba la cortada en su encuentro con Thedy. La callecita era todavía de tierra con cordones de piedra, y el intendente prometió a los concurrentes al acto de demolición que pavimentaría la cortada, cosa que finalmente se hizo. (imagen: gentileza Mochi Vázquez)
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Los años 90
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Es de notar que desde los comienzos, las familias más adineradas (Negri, Rezzoagli) se ubicaron en las cercanías de Vélez Sársfield e Iriondo, con sus comercios, quedando Arenales como un arrabal. Hasta hace relativamente poco se consideraba a “Arenales al fondo” como una calle degradada materialmente y con una población humilde; el cierre de la Refinería en 1930 dio paso a nuevas formas de trabajo, sus obreros pasaron a ser trabajadores del puerto, y el barrio se consolidó, sin perder su esencia obrera. Al transformarse en un sector de clase media se aludía siempre a la cortada con cierto desprecio... Sin embargo, los pobladores de la cortada eran tan trabajadores o de clase media como los del resto del barrio. La memoria del "barrio bajo" continuaba.
Un barrio construido en 1994 conjuntamente por el Plan Arraigo y el Servicio Público de la Vivienda fue posible al desafectar terrenos ferroviarios en este último sector. Se modificó así la impronta del sector, incorporando casas unifamiliares estandarizadas y repetitivas, en lugar de las viejas casillas de chapa que describía la revista Plumazos en 1938.
Desde fines del siglo XX y en este siglo, el lugar cobró un pintoresquismo que poco tiene que ver con la verdad histórica.
Bares y restoranes –algunos de vida rumbosa, pero bastante efímera - combinan tango, inmigración, obrerismo, huelgas heroicas, prostitución y mafia, en versiones edulcoradas que soslayan el aspecto original, bastante poco atractivo culturalmente.
Desde 2005, una serie de proyectos en curso transformaron totalmente el sector. La vieja cortada Vignales, en su tramo hacia el río físicamente casi ha desaparecido, al demolerse las viviendas, aunque no la traza, que continúa modificada en su ancho.
Curiosamente –o no tanto- el barrio se ha poblado de obreros que trabajan en las obras de los edificios de lujo. La historia se repite, y como en el siglo XIX, las empresas poderosas requieren que los obreros estén cerca de la obra, alquilándole piezas por dos o tres años.
La vida obrera, ahora vinculada a la construcción, ya no generó una calle.
Hoy no es necesario, ni posible.

Fuentes:
Museo Itinerante del Barrio de la Refinería.
Museo Virtual del Barrio de la Refinería. http://museo.refineria.blogspot.com
Historia del Futbol de Rosario http://histofutbolrosarino.blogspot.com/
Terrazzino, Salvador A. y Píccolo, Eduardo A. ¿Remember, Refinería? Ed. Pompeya, Rosario, 2002.
Armus, Diego y Hardoy, Jorge. Vivienda urbana y crecimiento urbano en el Rosario del novecientos. En: Revista Eure Nº 31. 1984.
Revista Plumazos, NNVV.
Cuerpo normativo oficial. Municipalidad de Rosario.

domingo, 26 de junio de 2011

ENRICO, ANTONIO Y EL PRIMER BAR

Uno de los misterios del barrio es el almacén de Antonio Negri.

Supuestamente ubicado en la calle Ingeniero Thedy, en el terreno que hoy se encuentra al lado de la comisaría, este almacén parece que fue de gran importancia, y aunque los datos son muy escasos, el Museo posee algunos documentos que dan cuenta de su actividad. Sin embargo, vamos a ocuparnos más adelante de este misterioso almacén, cuando avancen las investigaciones, de por sí bastante arduas, dado que el material histórico disponible es escaso y hasta contradictorio.
Entre la documentación, existe un papelito interesante, que consiste en una especie de "factura" -elegantemente escrita a pluma- pasada a don Antonio Negri, por un italiano que le prestó algunos servicios técnicos.
Leamos:
Dn. Antonio
Debbe
á Enrico Togana (¿Cogana, Cogano?)
Aprile 7 -96 por asere un tacio
para il mostradore   $ 2,50
por regulare la bomba
del ciope                  $1,50
por asere 5 aparato para
las piantas               $2,50
por saliare cano
dell ciop´                 $1,00
Otubre 6 por asere dos trivo
para tina                 $5,00
.............................$12,50

Vemos que Enrico le hizo algunos trabajos de arreglos varios: un tacho para el mostrador; regular una bomba, hacer unos aparatos para las plantas, y sellar un caño, todo por 12 pesos con cincuenta.
¿que es lo que hizo?
Primero, algún tipo de "tacho" para el mostrador ¿que sería este objeto?
Los 5 aparatos para las plantas debieron ser, quizás, tutores o soportes. No lo sabemos. Queda la palabra "ciope", al cual Enrico le selló un caño y le ajustó la bomba.
Creemos que Enrico arregló un aparato de chopp, de "ciope".
La forma algo extraña de escribir (ciope, pianta, asere) desconcierta, pero el documento parece demostrar que en el almacén de Antonio Negri se vendía cerveza en 1896. No sería extraño, ya que en las inmediaciones, hacía 5 años que se congregaban obreros para trabajar en la Refinería de Azúcar, a escasos 50 metros... De ser un aparato de chopp, vemos también que la cerveza se vendía a granel, "tirada" desde un mostrador, donde el "tacho" tal vez fuese el barril del expendio.
Ya no lo sabremos, pero el almacén de Antonio Negri comienza verse como un "mix" de proveeduría y bar, un lugar donde abastecerse y beber, e hipotéticamente podemos verlo como un almacén de ramos generales.
Con el tiempo y al crecer el barrio, la oferta de bares, almacenes, proveedurías y boliches  se multiplicó y diversificó, aunque el modelo "bar + almacén" no se abandonó hasta la década de 1950.
Por lo tanto, el humilde "service" Enrico le pasó a Antonio Negri una factura histórica: la que demostraría que en Barrio Refinería, en 1896, ya existían bares - almacén, y quizás este haya sido el primero.

domingo, 5 de diciembre de 2010

AFECTOS

Las fotos obreras suelen depararnos sorpresas.
Al ser este tipo de foto un objeto colectivo, donde se han conjugado las individualidades de cada obrero, la foto puede ser juzgada como una sola cosa, por la actitud de cada obrero, o por las intenciones del fotógrafo o la empresa. Hay una estructura general que enmarca la foto y la diseña, y en una lógica muchas veces casi inaccesible, los obreros posan en actitudes que sorprenden.
En otros artículos hemos visto que esa estructura puede ser reveladora de jerarquías o equilibrios a la vez que mirando a cada personaje, podemos ver lo que pensó (y actuó) para quedar plasmado para la posteridad. Hay obreros que fuman, o tienen un perro en brazos, otros lucen chistosos, algunos presentan caras de pocos amigos, o una seriedad fúnebre.
Esta foto que mostramos pertenece a un vecino de Refinería, Alberto C. 
Alberto la ha enmarcado, y dice que es una copia de un original, que un vecino tenía y cuyo rastro se ha perdido. Es una foto grande, al menos su copia, y reproducirla costó bastante, ya que el vidrio impedía su correcta visión .
Cuando la observamos, vemos personajes “extraños” a la visión habitual de los obreros, por ejemplo, de la década del 30 o del 40.
En una estructura piramidal, en unas gradas cubiertas con bolsas, muestra un conjunto de 41 hombres que asumen posturas interesantes. Dos de ellos son aparentemente jefes, y se ubican a los lados, como controlando simétricamente el grupo. Varios asumen posturas interesantes, algunos deafiiantes, ninguno sonríe. Uno, tal vez el más "canchero" tienen en su mano, y sobre la rodillla, una botella, en un gesto típico de "hacerse el vivo". Sombreros extraños, del tipo fez (llamados también tarbush), bigotes enormes, se mezclan con gorras, sombreros de ala y boinas. La mayor parte de los obreros usa faja y no cinturón.
De los 41, sólo uno sonríe, y 8 han cruzado las piernas al sentarse.
Uno se mira el estómago, y ha quedado, para la posteridad, sin rostro. 7 no llevan bigote, sólo 2 fuman. Datos, accesibles mediante una buena lupa.
Más allá de esta estructura –que no analizaremos ahora- es importante aclarar algunas cosas.
Una de las más grandes tentaciones es adjudicar una etnía, nacionalidad o cultura a estos personajes basándose en su aspecto.
De esta manera, sería fácil decir que los que poseen grandes bigotes son italianos, o los morochos de pelo lacio, criollos, y los de difusos rasgos mogólicos, chinos.
Juzgar de turco a alguien porque use fez dejaría afuera a egipcios, sirios, libaneses, marroquíes y tunecinos, por ejemplo, ya que todos ellos usaban ese tipo de prenda. La arribada de inmigrantes del Imperio Otomano (turco) abarcaba varias de estas nacionalidades, sobre todo sirios y libaneses. Chinos, japoneses y varias etnías aborígenes argentinas conmparten ojos más o menos rasgados.
Lo que sí podemos asegurar (en base a los censos) es la pluralidad nacional en el barrio, y también en la foto.
Pero hay un par de obreros que desafía aún más esta forma algo prejuiciosa de ver lo histórico.
Al centro de la foto, y bien visibles, un hombre vestido de blanco toma de la mano a su compañero. Esta postura hoy se vería en forma burlona, aludiendo a la presunta homosexualidad de los personajes.
Pero al juzgar así, no tenemos en cuenta lo cultural. Era muy común, entre personas del mismo sexo, el llamado “bracete”, ir por la calle del brazo. Hasta mediados del siglo XIX, estaba mal visto no ir con alguien del bracete, ya que parecía que uno era un solitario.
Si creemos que eran turcos, italianos u homosexuales, no podemos basar esas hipótesis sólo en rasgos superficiales, concretas pero poco eficaces a la hora de entender, única posibilidad de conocer lo afectivo.
Es lo afectivo lo que permanece inaccesible a la lupa de Sherlock, al análisis químico o al gráfico del estructuralista.
Hasta aquí, lo visible, que no agota necesariamente, lo histórico.
La conclusión que queremos expresar es que existen condiciones y estructuras "fotográficamente invisibles".
Órdenes que no están relacionados directamente con nuestra cultura o sociedad actuales, que les dan origen, pero a la vez son extrañas.
¿Cómo saber si ese gesto no es amistoso, o si son hermanos? No cabe duda –creemos- en el lazo afectivo entre estos dos hombres. Lo que es irrecuperable –creemos de nuevo- es el tipo de afecto, manifestado por una expresión.
Según Wilhelm Dilthey, el mecanismo fundamental para comprender los fenómenos no es el principio de causa y efecto, sino el empleo de la comprensión. Afirmaba que el estudio de las ciencias humanas supone la interacción de la experiencia personal, el entendimiento reflexivo de la experiencia y una expresión del espíritu en los gestos, palabras y lo expresado (en este caso, la foto). O sea que no se trata de "saber" lo que ocurre, sino comprender lo que ha pasado.
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Para entender lo que les pasa a estos dos hombres (y por extensión a los otros) sería preciso acceder a su concepción moral, ética, humana; o sea acceder a su cultura y “entrar en empatía” con ella.
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La actual creencia en la memoria como un conjunto de datos acumulados en un archivo no es muy útil a la hora de explicar las amistades, las simpatías, los odios y los amores.
Por más entrevistas que se hagan a los vecinos, la cultura actual (quizás tan machista como aquélla) volverá a chocar con la antigua, la de la foto, y con sorna se cualificará en forma burlona la relación entre estos dos hombres. Lo que ayer era un gesto de afecto, legítimo y permitido, hoy se verá como algo chocante o equívoco: la nuestra es ya otra cultura.
El afecto, sin embargo, permanece en la foto, rebelde. Como un mensaje que dos personas quisieron dejar, aunque –hasta ahora- no sepamos porqué, dos hombres siguen, eternamente, afectuosamente de la mano.
Tal vez era eso.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

30 METROS DE ALTURA

La Refinería Argentina fue un emprendimiento que para el siglo XIX –o lo que quedaba del siglo- era un alarde de ciencia aplicada. Según Bialet Masse, en el establecimiento::
“hay todas las máquinas y artefactos de los sistemas más modernos y continuamente modifica e importa los últimos adelantos de la ciencia y del arte" (...) "A él concurren los ferrocarriles de trocha ancha y angosta y tiene un embarcadero propio...”
Sus avances en materia tecnológica eran un orgullo de la industria nacional: llegó a ser la fábrica más importante del país (bueno, eran pocas en realidad) y ocupaba un nicho importante: el de elaborar productos agropecuarios para agregarles valor.
Este Valor Agregado a una mercancía implica una cuestión importante ¿cuánto valor agregar?
No es lo mismo el mineral de hierro, al cual hay que aplicarle mucho valor agregado para que sea útil, que al trigo. Asimismo, cuanto más valor se agregue a la materia prima, más inversiones, en general, harán falta; así, para transformar el hierro en, digamos, un martillo, hará falta una fragua, pero también una carpintería para el mango, varios operarios, leña, etcétera. Para el trigo, tal vez la operación sea más simple, y prueba de ello está en que los molinos son muy antiguos y casi siempre burdos.
Además, cuantas más operaciones necesite para trasformar la materia prima, más valor agregado tendrá, y si trasformar trigo en harina es bastante simple, transformar el trigo en pan complica la cosa.
El negocio estaba en conocer, sabiamente, cuál era el monto de valor que podía ser agregado a una materia prima como la caña, considerando que ésta variaba mucho en valor propio, ya que era un producto estacional. Además, debe considerarse la variable del producto terminado. Debe ser vendido con cierta facilidad, y la ganancia permitir la recuperación de lo invertido, la reinversión en nueva materia prima, bienes de capital (máquinas, por ejemplo) y además que el ciclo tienda ser “indefinidamente perpetuable”.
Ernesto Tornquist comprendía perfectamente esto. Recurrió entonces a varios subterfugios, métodos y sistemas.

Primero, debía asegurarse que la inversión inicial fuese baja y rápidamente recuperada. Para ello, el estado garantizó ciertas leyes muy particulares, que lo exoneraran de impuestos.
Segundo eligió el azúcar como producción, un producto tanto de consumo interno y como de exportación. Se garantizaba así un consumo seguro de lo producido.
Tercero, debía asegurarse un volumen constante de materias primas, para ello, fundó su propio ingenio, y mediante los contactos adecuados, conseguía que los otros ingenios le vendieran la caña a precios razonables.
Cuarto, cuando el flujo de materia prima disminuía, trataba no de buscar caña, sino cañeros, así que refinaba azúcar extranjero.
Y quinto, debía abaratar la producción en sí. Para ello, aumentó los bienes de capital (máquinas, edificios) . A la vez, cualificó la mano de obra, graduándola por precios, según su función, regulando la injerencia de los costos en cada parte del proceso productivo.
Este método le dio resultado por algún tiempo.
El problema no estaba en la fábrica en sí, sino en el producto. Fallando al mismo tiempo la provisión y el consumo, la producción de azúcar fracasaba. Eso sucedió en los años 20 y una vez muerto Tornquist. Con precios del azúcar muy bajos y una deficiente provisión de caña, se creyó que aumentando la tecnología, las cosas mejorarían, pero no fue así.
Un síntoma de este proceso de 41 años de avances técnicos y financieros (1889-1930) fueron las chimeneas que tenía la fábrica de azúcar.
De una simple chimenea de 1889 a a 1896, y unos pocos galpones, pasó a dos chimeneas en 1900, 3 en 1903, y hacia 1910 ya tenía 4 altas chimeneas, de cerca de 30 metros de alto.
Estas construcciones, necesarias para las calderas donde se hervía la caña triturada, eran muy visibles y desde mucha distancia. No fue extraño que se las viera como indicador de progreso.
Las chimeneas se ven con sus extremos ennegrecidos, lo que prueba que no eran “de adorno” como las que se construían, famosamente, en La Forestal, usadas como mojones y muchas de ellas sin vinculación alguna con la infraestructura de la explotación.
Aparentemente, las de la Refinería eran para las calderas al vacío, donde mediante la succión de la aire, se debe bajar la temperatura de ebullición, y evitar el cristalizado prematuro del jarabe.
Una chimenea alta permitía la rápida evacuación de los humos por el “efecto chimenea”: basta una leve ráfaga de viento, para que el humo sea “chupado” de la columna de aire del interior del tubo. Cuanto más alta la chimenea, más rápida la salida de humos y menos problemas de ahumado de  los productos, de allí la tremeda altura, habitual en fábricas de productos algo "delicados", como el azúcar, la cerveza o el pan.
Pero no bastaba con aumentar los caños al viento.
Con la lenta –pero segura- caída de los precios internacionales, quedaba el recurso de bajar el precio de la caña; pero éste era muy variable. A veces era un recurso superabundante; otras, la carencia obligaba a que el ejército mismo reclutara zafreros, a la fuerza. Agregarle valor a la caña ya era carísimo, y el azúcar estaba en baja. 
Con 4 chimeneas, y el azúcar sin vender, la fábrica duró hasta los años 30.
Una postal fechada en 1932 muestra que una de las chimeneas ya había sido demolida, ignoramos porqué, pero se dice que en esa época se elaboraba tanino en la planta semi abandonada. 
La planta en los 40 ya era propiedad de la familia Bemberg. Otra foto de esos años ya la exhibe sin sus tradicionales atributos. La Maltería Safac (de 1947) ya no necesitaba chimeneas, y había comenzado la era del consumo interno. La Maltería proporcionaría una materia prima para la cerveza, de su misma propiedad, la Quilmes. Otras estrategias industriales de concentración y monopolio. Fueron demolidas en una fecha incierta, entre 1935 y 1940.
Para esa época, refienría era un barrio industrial importante. Si bien la vieja fábrica de azúcar ya era un recuerdo, de acuerdo a una vieja guía telefónica de esos años, existían fábricas de vidrio, bolsas, hilos, lonas, alpargatas, botones, zapatos, colchones, cuhillos, alimentos, muebles, envases, ropa, y hasta perfumes. Estas industrias, junto con el puerto y los ferrocarriles, seguramente empleaban a miles de personas, las que a su vez sustentaban con sus salarios a sus familias.
Firmas importantes como la Quilmes, Pappini, Algodonera, Schlau, Germania, Safac y Centenera alternaban con pequeños talleres pequeños o semi artesanales, suminsitrando toda clase de mercaderías de factura nacional. Muchos negocios suministraban servicios y otras mercaderías a la gente trabajadora: almacenes, peluquerías, bares, caernicerías... Esta conformación socioeconómica forjó una mentalidad "laburante" en los vecinos, relacionada con el trabajo muscular y esforzado, vinculada a lo fabril. 
Las fábricas aportaban constantes transformaciones edilicias a la forma del barrio. Los galpones sumaban cientos de miles de metros cuadrados. La electricdad se volvió una forma de energía común, que reemplazó al engorroso vapor. En Safac, Diego Nesci -un constructor de barrio- edificó dos tanques de agua de hormigón, más necesarios para la producción de la malta que las viejas chimeneas de ladrillo. 
No se edificaron más chimeneas.
Frágiles, las chimeneas demasiado altas se vuelven riesgosas. Las juntas de los ladrillos, alteradas por la temperatura, se vuelven porosas, y se van disolviendo por la lluvia. Es muy dificultoso mantenerlas, y los vientos pueden derribarlas.
No fue necesario: hoy sólo queda en todo el Barrio Refinería una chimenea maltrecha y a punto de caer, de la vieja (y desocupada) Algodonera Argentina, de los años 30.
En los alrededores del barrio, las chimeneas petisas e inútiles de la Schlau y la Quilmes, quedan casi como un folklore de los galpones usados para otra cosa.
Las calderas, ciento veinte años después, hace rato que se detuvieron.