LA HISTORIA NO ES EL PASADO, PORQUE TRANSCURRE HOY .
El Museo Itinerante del Barrio de la Refinería, las Jornadas de Cronistas e Historiadores Barriales y el Museo Virtual están declarados de Interés Cultural por la Secretaría de Cultura de la Municipalidad de Rosario y el Honorable Concejo Municipal.
Personería Jurídica Otorgada por Resolución Nº325 del año 2010.
SE MUESTRAN 5 ARTICULOS POR PAGINA, Y SE PUBLICA UNO NUEVO CADA MES. Para comunicarse:
BANCO DE IMAGENES: angita1845@yahoo.com.ar

Mostrando entradas con la etiqueta documentos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta documentos. Mostrar todas las entradas

lunes, 20 de enero de 2025

EVOLUCIÓN

 

Al ver las antiguas fotos de la Refinería Argentina, puede verse una evolución arquitectónica.

Algo que puede verse inmediatamente es que el edificio “clásico” no fue el primero.

La empresa primero construyó una primera nave, con una chimenea y la casa de la administración, hacia el norte del predio. Y un galpón más pequeño, probablemente un depósito vinculado al muelle y al ferrocarril.
Con la “donación” de calle Gorriti al 200, aproximadamente en 1905, a los ferrocarriles que abastecían a la fábrica, se comenzó a edificar la construcción que puede verse hoy.

Pero la Refinería no se detuvo en su evolución edilicia.

Como evidencia de su expansión, la fábrica de azúcar pasó de tener una sola chimenea inicial, dos en 1910, 3 en 1915 y 4 chimeneas en 1918. Otro indicador es la cantidad de obreros. Había comenzado con 600 trabajadores y llegó tener 1600.
Las ampliaciones se observan mejor desde el río, en base a varias fotos que perduran.
Aunque las construcciones parecen caóticas, es porque hay dos líneas: la este oeste, paralela a las calles y la de la barranca, que sigue una línea diagonal. 
 

Se observan galpones de todo tipo y tamaño, unificados por su arquitectura de ladrillo a la vista. Desgraciadamente, sus funciones se han perdido, ya que no se han hallado documentos sobre su necesidad.
Como se ve en la foto de abajo, esta arquitectura parece consistir en naves industriales, con medidas que van de 11 metros a más de 20 de largo. 
El orden se observa de modo muy diferente desde el río que en vista aérea.
Los edificios se dispusieron “a lo largo” del terreno, dejando dos calles longitudinales este-oeste para la circulación y dos grandes patios, al norte.

 


Intermedios, se colocaron otros edificios menores los adosados a las barrancas, probablemente eran para el manejo de cargas y descarga de los barcos y las todavía visibles grúas (cranes, winchs o “guinches”).
Los patios parecen haber tenido la función de recibir material a procesar primero y a partir de los años 30 –con al Maltería- estacionar camiones. De todos modos el depósito al aire libre fue el terreno adquirido c. 1915, sobre la calle Thedy-Caseros donde se acopiaba madera de quebracho para la extracción de tanino, un servicio prestado a La Forestal.
En resumen, la arquitectura de la Refinería pareció ser por completo racional, pero sujeta a la producción. A mayor producción, mayor superficie edificada, mayor producción, más edificios...


Ese incremento fue un error.
La forma “edematosa” de construir finalmente resultó perjudicial con una crisis azucarera en curso. 

En 1905, ya habían  cometido una equivocación fatal: llevar la producción de 65.000 a 110.000 toneladas, pensando que producir más era buena idea... mientras en Tucumán y Salta  se quemaban cañaverales para volver escasa el azúcar y así subir los precios del mercado. Produjeron un récord, más de 80 mil toneladas.Vendieron a precio bajísimo para poder "colocar" el producto casi a pérdida. Empezó la decadencia, que se intentó resolver con más inversión.

Pero en 1930, la crisis se repitió, aunque peor.
Las causas principales de esta crisis eran cinco:

- La crisis general del capitalismo, la famosa "Caída de Wall Street" de 1929.

 - Un sobrecultivo tucumano de caña y sobreproducción de azúcar, desde 1926. En ese año, Estados Unidos comenzó a refinar y Brasil planificó la producción azucarera en 1929. La competencia era creciente y la mayor cantidad de azúcar producida bajaba el precio del producto, internacionalmente también a la baja.

- Un incremento de los medios de producción (maquinas, instalaciones). Eso  agravaba el problema y los capitales fijos disminuían el capital dinerario, que podían ser aplicados en otros emprendimientos. 

- Una producción creciente y a bajo precio, no implicaba mayores ventas, porque el mercado era fijo. Cada centavo de azúcar contenía mucho de dinero de la inversiones, que no se recuperaba con la venta.

Frente a la crisis, se intentó una diversificación en subproductos: azucar medio refinada, melazas, bagazo, ginebra, alcohol, jarabes, tanino, vender servicios de refinado. La idea era aprovechar la capacidad instalada. Pero no bastaron para compensar la venta de azúcar a muy pocos centavos el kilogramo.
Todos experimentos fallidos, que consumieron capital dinerario adicional.
En 1930, acosada por las deudas y con una producción masiva que no pagaba los gastos, la Refinería redujo su personal de 1660 obreros a sólo 330. De refinar 23 mil toneladas en los comienzos, había llegado a un máximo de más de 84 mil toneladas en 1909.
En 1932 sólo produjo 600.

Tras un período de 2 años de reducción de stocks y austeridad empresarial, el ya inevitable cierre se produjo el 23 de octubre de 1932. Quedaban  en la calle sólo 20 operarios.
Luego de una década de abandono (entre 1930 y 1940 se demolieron dos chimeneas) en 1947 la Maltería Argentina compró las instalaciones, que al parecer resultaban apropiadas para el acopio de cebada para la fabricación de maltas para cervecería, proceso que requería de gran cantidad de agua para remojo del cereal y posterior tostado. Al ser innecesarias, la Maltería demolió las chimeneas restantes, probablemente al incluir la electricidad en el proceso.
Luego de la intervención peronista y un regreso fallido en los años 60, la Maltería Argentina también cerró, frente a la malta brasileña, mucho más barata, y sus cervezas, sobre todo Brahma, que costaba la mitad en el kiosco. 

En 2001, el predio histórico estaba por completo abandonado y en venta.
Sólo cabía el r
eciclado, como un gran contenedor “pintoresco” de viviendas de medio lujo. Para aumentar la cantidad de departamentos, el viejo edificio recibió un remate de chapa acanalada, de acuerdo a los gustos de la arquitectura actual.
Otras épocas.

En resumen, la arquitectura original de la Refinería Argentina de Azúcar fue tan racional como emergente, pero al estar atada a una producción que entró en decadencia, terminó siendo irracional en lo económico.
Era demasiado grande y costosa de mantener, para el escaso beneficio que producía.
Lo que en el habla popular puede denominarse un... elefante blanco.


viernes, 17 de enero de 2025

RAYADOS

 

Las antigüedades, en general, deben conservarse lo mejor posible.
En la mentalidad argentina, rayar un mueble viejo o pintar una bicicleta antigua puede significar perder su carácter de objeto del pasado.

Pero a veces, arruinar un viejo objeto puede ser beneficioso.

Esta foto, donada en 2012 por la familia Rezzoagli, muestra un partido de fútbol jugado en Gorriti y Santa María de Oro, la “canchita de los curas”. Pocas casas se conservan de esa época.
Es evidente la oportunidad de la foto, el arquero ataja lo que parece ser un cabezazo de un atacante.
Alguien, en algún momento, utilizó lapiceras para dar color a las camisetas. Esta intervención permitió definir un equipo de casaca blanca con cuello y vivos celestes y el otro, con la camiseta a rayas amarillas y rojas. El arquero parece haber usado una casaca roja.
En base a las investigaciones de Soccorso Volpe, puede establecerse que los equipos son Argentino de Refinería (blanco y celeste) y el Numancia (rojo y amarillo), aparecido en 1927.
Si los colores de Argentino son obvios, los de Numancia eran los “rojigualdos” españoles, ya que Numancia fue una epopeya de los íberos frente a los romanos, una batalla que se tomaba como un símbolo nacional.
El otro equipo, Argentinos, en 1912 se denominó brevemente Club Atlético 1º de Mayo, luego Embarcaderos y después Club Atlético Nacional. A partir de 1930, pasó a llamarse Club Atlético Argentino de Rosario. Desde 1925 usaron la camiseta que se ve en la foto.
 

Según Volpe, Numancia “Instaló su campo de deportes entre Vera Mujica, avenida Francia y Arenales. Mientras que en 1933 su sede social estaba ubicada en la cortada Arenales 282. Más tarde en 1935, bajo la presidencia del señor Urrutia, alquiló una cancha en inmediaciones de la estación de ferrocarril Ludueña. Además en el predio arrendado, que era amplio, se organizaron diferentes torneos internos de básquetbol y boxeo, que se disputaban entre sus asociados” y que "Según algunos datos que pudimos recabar en entrevistas realizadas hace varios años atrás a vecinos del barrio, como por ejemplo don Tito Conti, la camiseta de Numancia era roja y amarilla a rayas verticales finitas." 

Y de Argentino: "La historia de Argentino de Rosario se comenzó a escribir el 15 de enero de 1912, ya que ese día en el barrio Refinería (hoy Malvinas Argentinas) un grupo de empleados ferroviarios constituyeron un equipo de fútbol, que participó en una liga independiente (...) Más tarde debido a que ya existía en la zona un club con el mismo nombre, la entidad pasó a llamarse Embarcaderos Córdoba y Rosario, tomando la denominación de la estación de ferrocarril de donde eran la mayoría de sus fundadores. (...)

Volviendo a la foto, puede pensarse que el partido se jugó aproximadamente entre 1926 y 1930.
La idea el autor de la colorización debió ser identificar los dos equipos ¿cuándo lo hizo?
Veamos.
El color y el trazo delatan la relativa antigüedad del acto “vandálico”.
Fue hecho con fibras de colores, ya que son colores vivos y semi transparentes. No es acuarela ni témpera, ni tampoco bolígrafo ya que no hay bolígrafos en amarillo.
Las fibras Sylvapen pueden ser una posibilidad. Si seguimos afinando, pudieron ser las Sylvapen de caja “de dos pisos” con 12 fibras, que tenían color celeste.
Otra pista está en que este tipo de lapicera no se degrada, como las tintas azules al agua. Si las Sylvapen estuvieron en auge desde los años 70, podemos decir que la escritura es bastante reciente, incluso de la década de 1980-90.

La foto tiene otro aspecto más para reflexionar.

Si a alguien le importó que se reconozcan los colores, y tuvo un interés histórico, debió ser alguien que "sabía" los colores originales. 

Por lo tanto, era una persona ya mayor en esa época como para haber jugado (o haber visto) jugar a Numancia y Argentino, en la década del 20-30.

Uno de los integrantes, hoy ya fallecido, en 2012 contó que había sido su padre.
Si ese señor tuvo conciencia futbolera, supongamos con 15 años al momento de la foto y a fines de la década de 1920, esa persona hoy tendría más de 100 años.
Sí, pudo ser el padre: en 1970-80, habría cumplido unos 65 o 70, tal vez una época de nostalgias. Y su hijo tendría unos 40 y en 2012, 70 años.
Todo cierra. 

Podemos reflexionar que una foto instantánea, tomada entre 1926 y 1938, mostró un acto efímero, un casi-gol.
Pero hubo otro acto posterior de documentación, doméstico, testimonial o tal vez nostálgico, personal, probablemente en los años 70 u 80.
Y no estuvo mal. Nada mal.
Rara vez arruinar una foto consigue mejorarla.

Y este parece ser un caso feliz de ese tipo de excepciones.

 

Para más datos, ver: https://histofutbolrosarino.blogspot.com

 

sábado, 7 de abril de 2012

LA CANCHITA DE LOS CURAS: POROTO LANDALUCE

Han pasado algunos años pero los recuerdo todavía están en mi retina, cuando yo vine a vivir al barrio allá por 1951 con 4 años, ese lugar ya estaba, era un baldío pegado a la escuela  “Boneo”, nivelado de tal forma que sobre la calle Gorriti la tierra estaba a nivel del cordón, sobre Nelson había un pequeño terraplén donde te tirabas de panza al suelo en ese terraplén y asomando la cabeza podías ver el partido a nivel del piso de juego, sobre Santa Maria de Oro se veía la inclinación , pero la canchita estaba bien nivelada, tres lados a tres calles, del otro costado paralelo a calle Santa María de Oro estaba el paredón de la escuela, comenzando desde Gorriti, primero la pared de la antigua capilla, después el paredón continuaba hasta Nelson donde a la mitad del mismo había una pequeña puerta de madera para salir o entrar a la escuela, allí estaba la cancha de fútbol que tanto los chicos como los grandes decían , vamos a jugar o ver fútbol a la “canchita de los curas”.
Desde ese tiempo el comentario era "el año que viene no vamos a poder jugar más porque van a construir la nueva capilla" de la escuela Boneo, obra de Don Orione, capilla que llego allá por 1964 con el nombre de Capilla San Juan Evangelista.
Escuela Boneo, (nombre oficial Escuela Monseñor Juan A. Boneo), ¿qué vecino del barrio, chico o grande, no fue a ese querido colegio?
Es difícil encontrar alguno, mis recuerdos me llevan al interior del mismo, esa larga galería desde la entrada, con la dirección a un lado, hasta la ancha escalera en el fondo para subir al primer piso, la otra escalera para acceder a ese piso estaba a la par de la puerta de entrada del otro lado de la dirección, el gran patio para el recreo y los deportes, atrás, del  otro lado de los salones cuyas  entradas daban a la galería, una pequeña canchita de fútbol que también se usaba para jugar al  básquet, sobre el fondo atrás de esta canchita había un galponcito para guardar bártulos, cuya pared final daba a Nelson.
Salones amplios con ventanas y puerta al patio grande,  ventanas hacia atrás que daban a esa pequeña cancha, en uno de esos salones pase mis dos ó tres primeros años de alumno, tuve  a la inefable señorita Elba, maestra de mis primeros años, ir a la escuela para mi era muy importante, porque aprendía y con 5 ó 6 años ya era grande, iba solo a la escuela, nadie me llevaba.                                                                                           
En ese tiempo a través de la “Fundación Evita” nos  entregaban guardapolvo, cuadernos, útiles; viene a mi memoria la regla de madera de perfil cuadrado de 20 cm  que en sus cuatro cantos tenia una varilla de cobre incrustada en la madera para que aguantara  más los golpes, la caja de lápices de madera, simple o doble, con su tapa corrediza, los cuadernos con la carátula en la primer hoja para el nombre, dirección, grado y otros datos, luego el mapa de la Argentina y después la foto de Evita.
Quien en ese barrio no recuerda al querido maestro Bernal, le dio clase a varias generaciones de vecinos que pasaron por la escuela primaria, Monseñor Boneo.
Volviendo en el relato a la canchita de los curas, puedo contarles que allí durante mucho tiempo se jugaban  partidos desafíos, torneos, de grandes, de chicos, los alumnos de la escuela también la usaban para su recreación, otro que jugo allí era el cura Miguel Tiburzio, se ataba la sotana a la cintura y se metía en los picados.
Casi siempre esos encuentros eran los sábado y  los domingo, cuando se armaban esos partidos principalmente los domingos, los vecinos del barrio que vivían cerca se iban arrimando a la cancha , llevando sus banquitos, sillita baja, para mirar cómodamente sentados el evento, poniéndose en el único lado de la cancha que se podía seguir el partido, en la vereda de enfrente de la cancha, sobre la calle Santa Maria de Oro; sobre Gorriti no se podía sentar porque cada rato pasaban los auto o los tranvías, el N° 2 , el N° 4 ,creo que el N° 5 también y se perdían la jugada.
Casi siempre los domingo por la mañana, una vez instalados cómodamente allí se los podía ver a esos vecinos con su vaso de vino o vermouth , picoteando algunas aceitunas, maníes  o lupines en sal muera , que vendía el almacén de la esquina de Gorriti,  por la puerta doble de madera color gris que daba por Santa María de Oro , según algún amigo me decía que el dueño era Don Paco, luego Don Enrique que según decían, era socio de Tiro Federal, en la misma vereda pero para el lado de Nelson había una puerta de hierro trabajado con un gran vidrio que no dejaba entrar el viento; puerta de antes; la misma cuidaba la entrada de  un zaguán que desembocaba en la casa de doña Crédula, ella era una viejita que hacia masitas riquísimas, unas torta negra deliciosas, caseras, pan con chicharrones y como decía mi abuela Palmira en su dialecto italiano “el chameló” el sabroso bizcochuelo con huevos caseros, porque en ese barrio casi todos tenían su quinta y algunas gallinas para tener  huevos frescos, esa torta se vendía por porciones, que con unas pocas monedas, nosotros los chicos o los vecino podían comprar.
Los pibes no llevábamos banquitos, nos sentábamos en el cordón de la misma vereda,  en el del lado de la cancha no se podía sentar  porque el campo de juego terminaba en el cordón, si la pelota caía a la calle era fuera, se hacia saque lateral.
Recorriendo otro costado de la cancha, el que daba a la calle Nelson, donde daba uno de los arco, era el más peligroso para la pelota de fútbol , porque allí estaba la Centenera, fabrica de envases de hojalata, justo atrás del arco había un portón de color gris; actualmente sigue allí ; que en la parte alta del mismo tenia unos hierros gruesos, para no saltarse adentro, tenían forma curva hacia fuera y terminaban en punta muy finita donde terminaba clavada la pelota de cuero en gajos y cocida con hilo fuerte o tiento muy finito, con cámara; si lograba pasar el portón, caía adentro, donde había dos perros grandes que terminaban rompiendo la pelota, cosa que nunca se pudo solucionar, pero si se soluciono el tema de los hierro en punta poniendo en cada una de las puntas ; un montón ; antes del partido, unos tacos de goma que hacían de protección , la pelota rebotaba en ellos y no se clavaba.
Del lado sobre Gorriti, donde estaba el otro arco, cada vez que se hacían partidos alguien se acordaba y decía ; avísenle al “turco”, para que  cubriera la puerta, la vidriera, poniendo los postigotes de madera en las mismas, turco era porque tenia una tienda; en ese tiempo todos los “mercachifles” que vendía telas, se los nombraban  turcos, era  Sirio nacido en Aleppo el              dueño de la tienda “Gracielita” don Teofilo (Tufik) Saggal; también había que avisarle a la zapatería de la esquina, la que todos conocíamos como la de “la Elvira, donde los vecinos podían comprar, pagar por mes; esa compra era anotada en un cuaderno, a mano, con eso bastaba, los vecinos eran honrados, trabajadores que a fin de mes con el sueldo pagaban las cuentas, los dueños eran  Elvira y Armando Ciarroca.
Otra cosa que había que tener en cuenta los domingo, era que los partidos debían comenzar después de la misa, en la antigua capilla; que casi siempre terminaba a las 10 de la mañana, pues sino la pelota que pegaba en la pared retumbaba dentro de la misma e interrumpía la misa.
La canchita en si era de tierra, con pequeñas piedritas que te lastimaban al caer al piso, tenia arcos fijos al piso, hasta que un año; no recuerdo cual; llego a la escuela el padre Manuel , una de sus medidas fue; cortar los arcos, desde ese momento pasaron a ser desmontables, se guardaban en el almacén de la esquina, se armaban en el momento del partido.
Cada vez que había partido siempre se recordaba que podía ser el último porque ya comenzarían la obra de la nueva capilla y le diríamos adiós la “canchita de los curas”.
Los equipos que jugaban eran entre otros, Alba Roja, Paralelo 38, Las Malvinas, Defensores de Vélez Sarfield y el más famoso de todos “Los 7 Grandes”; 7 era por  su formación, un arquero más seis jugadores, así eran todos los equipos; “Grande” no se si porque jugaban muy bien al fútbol y eran invencibles, o porque estaba formado por toda gente grande de edad, su capitán el vecino Tito Suárez, que también supo vestir la camiseta de Alba Roja.
Recuerdo jugadores como el arquero de Alba Roja, Manuel Codes que después fue arquero de Argentino de Rosario “El Salaito”, parte de los jugadores de Alba Roja eran a su vez directivos del mismo club, como “Forico”, “Pocho” y Salvador Montivero, “Forico” tambien fue jugador del “Salaito” y de otros equipos , “Pepo” Candolfi, Hugo Gonzalez, el “Tano “ Murgia, el “Turco” Fernandez, “Lito” Barranquero, la camiseta de este club era blanca y roja,  a cuadros, otra a raya, después en triangulo, por ultimo en “V”.
Por esta canchita también pasaron  jugadores famosos, los hermanos Bairo (River Plate), Omar “Pato” Pastoriza (jugador y técnico de Independiente) Panasi, Villarino (Rosario Central). Había un arquero que llamaba la atención, era el arquero de “Los 7 Grandes” el “Lungo” Bartoluzzi, media 1,93 de alto , su espalda era bien grande, un “ropero” en el arco,  su agilidad era impresionante, era difícil hacerle un gol, de profesión arquitecto. Si mal no recuerdo; también sabia jugar para “Las Malvinas”; que era el equipo de los Pastoriza, allí jugo un muy buen defensor apodado el “Pipa”.
Se organizaban torneos, los premios eran trofeos, medallas, cada partido era dirigido por un referí, entre ellos estaba Pozzi, otro el “pelado” Zambruno ; mi tío; referí de la liga rosarina, con referí o no, casi siempre había tumultos que terminaban repartiendo “piñas” incluido el referí.
Terminaban los partidos, los jugadores se juntaban, eran todos amigos, pasaban por el almacén de enfrente a tomar algo para calmar la sed y los ánimos, bebían, agua, cerveza, algunos se bajan de un solo saque un sifón, soda que seguro era de la fábrica de la otra cuadra de la cancha.
de don Enrique Franco, que la repartía por el barrio con su carro tirado por caballo, al cual nos subíamos cuando quedaba sobre la calle, con las varas hacia abajo sin caballo, luego el progreso hizo que desaparecieran los caballos, amaneciendo un día un viejo camión que en vez de riendas tenia volante.
Paso el tiempo, muchos recuerdos más, pero llego el día, al levantarnos una mañana la canchita  tenia pozos, en parte estaba cerrada, un cartel decía que se comenzaba la obra de la Capilla San Juan Evangelista, si llego el día que nadie quería, se nos iba la “canchita de los curas”, comenzaron a construir la nueva capilla, levantaron las paredes, pusieron el techo, un tiempo estuvo parada, allí nos juntábamos a hacer un “picadito” los chicos del barrio, bajo techo con piso de cemento.
Así fue como desapareció “la canchita de los curas”, los domingo por la mañana ya no se juntan los vecinos, doña Crédula perdió clientela, el progreso dejo en el camino esos hermosos recuerdos del barrio, pero a su vez generó  nuevas historias.    
Las obras se terminaron, llego el día, el barrio tenia su nueva capilla, fue un 3 de  mayo de 1964, se  inauguró con un gran acto, a la cabeza el cura Luis , se colocaron bombas de estruendo atadas en una soga entre dos columnas de  alumbrado del frente de la capilla, el ruido y los fogonazos fueron  increíbles.
Así desapareció la Canchita de los Curas en su forma física, pero no en el recuerdo de todos los vecinos.
Porque ahora cuando pasamos por el frente  de esta hermosa capilla todos decimos ¿Te acordas?... pensar que aquí cuando éramos chicos, acá había una canchita a la cual veníamos a jugar.            
  
                                                                           Edgardo "Poroto" Landaluce 25/02/2012

domingo, 10 de julio de 2011

EL ENIGMA DE UN LIBRO

Entre los muchos documentos donados al Museo Itinerante de la Refinería Argentina, se encuentran un libro comercial que pertenecería a un almacén de ramos generales de Antonio Negri. Decimos "libro comercial" puesto que sus anotaciones se corresponden evidentemente con movimientos mercantiles, vinculados a compra y venta de mercaderías, así como consignaciones y trabajos varios, y su correspondiente expresión en moneda circulante.
Según nos relata la persona que nos hizo la donación y una etiqueta pegada en el libro, se identifica a Antonio Negri como poseedor del mismo.
Lo interesante del documento de 1878, es analizar las conexiones que se dieron en ese espacio económico.
Continuando con el análisis, los personajes y regiones que son mencionados (Córdoba, Tucumán y Río Cuarto, por ejemplo), nos sirve para ir desentramando las redes económicas, políticas y sociales, que conforman la  Nación Argentina en el espacio pampeano.

El libro que desde  un primer momento, fue el eje de nuestro trabajo, contiene 365 hojas, las cuales abarcan desde el número 59 al 424, presenta la forma de Libro Diario, pero es de notar que podría no respetar la lógica actual de “debe y haber”.

El espacio temporal que figura en libro comienza en el mes de Septiembre de 1878, y finaliza en el mes de Noviembre de 1879. Haciendo una descripción básica del libro, se aprecia que la tapa está identificada con la etiqueta arriba mencionada, en ella, con dificultad se lee el nombre “A. Negri”. La etiqueta está mu rota, y la lectura es dificultosa, son embargo el apelllido se lee claramente.
Faltan las primeras hojas, ya que los asientos que presenta este libro comienzan con numeración avanzada. Tampoco tiene la contratapa, advirtiéndose la falta y rotura de las hojas finales. Las anotaciones que apreciamos fueron realizadas por una misma persona, ya que hay continuidad en la forma de escritura. Por ejemplo, los complejos rasgos de los signos monetarios  son exactamente iguales en todos los folios.
Se advierte una estructura que permanece a lo largo del contenido, que muestra asientos de tipo contable, que dan cuenta de las operaciones que se realizaban con personajes renombrados de la ciudad, no sólo con gran poder adquisitivo, sino también con importante influencia política.
Es interesante la distinción, mediante el uso de dos columnas,  de las monedas en circulación: pesos bolivianos ($B) y pesos fuertes ($F). Los primeros tenían base plata (de allí lo de bolivianos, por Bolivia, país argentífero por excelencia) y los segundos, eran pesos de base oro, en general suponemos que ambos eran moneda papel, emitidos por un banco privado, autorizado por el estado argentino.
Debemos remarcar que la moneda se unificó mediante la creación del Peso como moneda nacional, la que fue creada recién mediante la Ley 1.130/1881 y cuyo símbolo fue m$n, luego reducido al signo $ (peso).
Las otras monedas lentamente cayeron en desuso, pero para la década del 1879 aún eran de uso corriente, y hasta obligado.
En nuestra opinión bien podría haber sido un libro de cuentas personales, algún tipo de registro que  no podemos enmarcar dentro de las reglamentaciones dispuestas por la legislación de la época, tal como el Código de Comercio, debido a que para este momento y como lo pudimos corroborar en dicho código publicado en 1889, los comerciantes estaban obligados a llevar tres libros, con datos específicos,  pero quedaba abierta la posibilidad de hacerlo de varias formas sin exigir un modelo único.
Rescatamos las operaciones importantes del libro entre los personajes destacados de la sociedad comercial y observamos el rol que desempeñan estos actores en el mercado rosarino. Es necesario aclarar que realizamos una selección, eligiendo sólo aquellos nombres que según nuestro criterio e interés merecen ser estudiados.
Nos centramos específicamente en las observaciones y análisis del "libro comercial", y la articulación de los actores dentro del espacio socioeconómico, estudiando de esta forma las burguesías locales, su origen y trayectoria en el espacio regional. Esto nos lleva a investigar la dinámica de las operaciones realizadas en este período específico, las relaciones sociales y mercantiles que articularon el espacio regional, y la regulación del Estado en las diversas esferas.
Siguiendo con la descripción de la fuente, un dato no menor es que este documento, expone anotaciones con otro tipo de letras, que obedecen a fechas posteriores, hasta podríamos decir que alguien lo utilizó como “borrador para garabatear”, ya que podemos inferir que son obras de niños, que escriben nombres, números y realizan dibujos infantiles.
Aparece un sello con el nombre de “A. Negri 1909”, el cual está colocado al revés y otro en el folio 104, en el que se lee “Sociedad Estrella Universal. Recreativa e Instructiva Rosario”.
El libro nos fue cedido acompañado con otros documentos, de muy diverso tipo (recibos manuscritos, facturas, comprobantes) los cuales responden a fechas distanciadas al libro en cuestión, y ya figura como unidad monetaria, el peso moneda nacional.
Por lo tanto nuestro trabajo es un intento de proporcionar claves que ayuden a través de esta nueva fuente a observar e interpretar un pasado local, confirmando teorías generales que nos ayuda a desentramar una parte de la historia.

martes, 5 de julio de 2011

LA SOCIEDAD DE LOS ALBAÑILES MUERTOS

Lo que es hoy un hecho cotidiano, hace cien años no lo era. Caer enfermo, y concurrir a un médico mediante la obra social es algo habitual. Nos indignamos si el doctor nos cobra plus.
Pero a comienzos del siglo XX, disponer de atención médica, siendo uno un pobre obrero –un obrero pobre- estaba más vinculada a la cridad cristiana que a una cuestión de salud.
Un operario que se lastimase, o cayese enfermo, estaba condenado a la caridad ajena, o al hospital público, si podía llegar vivo. Las normas de seguridad laboral directamente eran inexistentes, era un riesgo laboral del obrero, y no del patrón o el estado.
Sin embargo, el Museo posee una libreta que es la prueba que algunos obreros se daban cuenta de este estado de cosas, y que asociándose en forma solidaria podían contar con una especie de seguro de atención médica, e incluso –si las cosas fueron mal- de velatorio y entierro.
La Sociedad Cosmopolita de Seguros Mutuos y Mejoramiento entre Albañiles y Anexos, fue fundada en 1895, seguramente dado el gran auge constructivo de la ciudad. Pensemos que multitud de obreros trabajaban en palacios, mansiones y casas de barrio, en un furor inmigratorio combinado con dinero que entraba a baldes gracias al modelo agroexportador.
El largo nombre, que hoy hubiésemos reemplazado por una sigla, demostraba la importancia que se le quería dar a la institución. Estaba ubicada en calle Mendoza 1758.
El ambiente rosarino parecía propicio para el asociacionismo, ya que los albañiles empezaron a tomar conciencia de su precariedad social y laboral:
“Los obreros albañiles del Rosario hasta hoy enardecidos, ha llegado a comprender en la situación en que se encuentran; cuán grande es el ideal de sus hermanos del viejo mundo y buscan por medio de la unión y la solidaridad, el camino de la Emancipación.”
. 
A pesar de sus objetivos, había reglas muy claras aunque redactadas en forma algo aleatoria, intercalando artículos en párrafos sin relación, como si se hubiesen olvidado de un tema. Al mismo tiempo, denotaban una cultura que hoy nos dejaría perplejos.
Así, por ejemplo, los socios no podían tener menos de 14 años ni más de 45. Más de esa edad debían considerarse “ancianos”, que podían ingresar sólo mediante un trámite especial.
La libreta que poseemos corresponde a señor Francisco Baraffio, un italiano de 30 años (al que la foto no le hace justicia en cuanto a su edad) y que luego, ya en los años de la década de 1920, se dedicó a vender sanitarios y ejecutar obras de cloacas.
Cada afiliado debía llevar la libreta con las cuotas pagas, y aunque no podemos saber el monto de cada cuota, aunque sí que se pagaban mensualmente.
Cada estampilla llevaba un logotipo: una escuadra, una cuchara de albañil y un martillo, entre dos columnas. Arriba, dos manos entrelazadas, y una cornucopia a cada lado simbolizaba la abundancia. La referencia es clara, la amistad y el compañerismo traerá la riqueza sobre la profesión. Así, la atención incluía:
“Asistencia médica quirúrgica en consultorio y a domicilio. Hospitales, medicinas, baños, masages, aplicaciones eléctricas radiográficas, aparatos ortopédicos, ópticos y extracciones de muelas. Subsidio de enfermedad, de convalencia (sic), de campo, de crónico y servicio fúnebre”.
Sin embargo, las pautas sociales de la época eran bastante influyentes. Había normas morales que el afiliado debía cumplir, y algunas enfermedades estaban malditas, por lo tanto, no se atendían. No se consideraba a los obreros con enfermedades crónicas (pensemos en la tuberculosis o la sífilis). Los enfermos de veneria (o sea sífilis: venérea) podían atender se sólo por 3 meses. Y “engañar” a la Sociedad era motivo de inmediata expulsión y repudio. En caso de socios incurables, les correspondían tres meses de subsidio, y eran separados.
Los alienados, por lo tanto, eran depositados a cuenta y cargo de la sociedad, pero en el “loquero” paraba la atención social. Los suicidas no tenían derecho algúno y lo aportado, lo perdían. La Sociedad también le conseguía trabajo al enfermo recuperado, labor a la que no podía negarse, con pena de expulsión.
Como se verá, la intención era buena, pero no se podía escapar a los cánones culturales de 1900.
Francisco Baroffio murió un agosto de 1927, a los 57 años. La última prestación de la Sociedad fue la mínima -y única- establecida por reglamento:
"ataúd de cedro, de una pulgada, lustre negro, manija de borla, y acolchado fúnebre de 2da. de librea, tres coupes de acompañamiento, velorio, de seis candelabros y seis plantas, inhumación, permiso fúnebre y chapa".

En el casillero de la libreta (donde no se pegó la estampilla correspondiente) la libreta dice simplemente  “falleció”. El servicio estaba cumplido.

domingo, 26 de junio de 2011

ENRICO, ANTONIO Y EL PRIMER BAR

Uno de los misterios del barrio es el almacén de Antonio Negri.

Supuestamente ubicado en la calle Ingeniero Thedy, en el terreno que hoy se encuentra al lado de la comisaría, este almacén parece que fue de gran importancia, y aunque los datos son muy escasos, el Museo posee algunos documentos que dan cuenta de su actividad. Sin embargo, vamos a ocuparnos más adelante de este misterioso almacén, cuando avancen las investigaciones, de por sí bastante arduas, dado que el material histórico disponible es escaso y hasta contradictorio.
Entre la documentación, existe un papelito interesante, que consiste en una especie de "factura" -elegantemente escrita a pluma- pasada a don Antonio Negri, por un italiano que le prestó algunos servicios técnicos.
Leamos:
Dn. Antonio
Debbe
á Enrico Togana (¿Cogana, Cogano?)
Aprile 7 -96 por asere un tacio
para il mostradore   $ 2,50
por regulare la bomba
del ciope                  $1,50
por asere 5 aparato para
las piantas               $2,50
por saliare cano
dell ciop´                 $1,00
Otubre 6 por asere dos trivo
para tina                 $5,00
.............................$12,50

Vemos que Enrico le hizo algunos trabajos de arreglos varios: un tacho para el mostrador; regular una bomba, hacer unos aparatos para las plantas, y sellar un caño, todo por 12 pesos con cincuenta.
¿que es lo que hizo?
Primero, algún tipo de "tacho" para el mostrador ¿que sería este objeto?
Los 5 aparatos para las plantas debieron ser, quizás, tutores o soportes. No lo sabemos. Queda la palabra "ciope", al cual Enrico le selló un caño y le ajustó la bomba.
Creemos que Enrico arregló un aparato de chopp, de "ciope".
La forma algo extraña de escribir (ciope, pianta, asere) desconcierta, pero el documento parece demostrar que en el almacén de Antonio Negri se vendía cerveza en 1896. No sería extraño, ya que en las inmediaciones, hacía 5 años que se congregaban obreros para trabajar en la Refinería de Azúcar, a escasos 50 metros... De ser un aparato de chopp, vemos también que la cerveza se vendía a granel, "tirada" desde un mostrador, donde el "tacho" tal vez fuese el barril del expendio.
Ya no lo sabremos, pero el almacén de Antonio Negri comienza verse como un "mix" de proveeduría y bar, un lugar donde abastecerse y beber, e hipotéticamente podemos verlo como un almacén de ramos generales.
Con el tiempo y al crecer el barrio, la oferta de bares, almacenes, proveedurías y boliches  se multiplicó y diversificó, aunque el modelo "bar + almacén" no se abandonó hasta la década de 1950.
Por lo tanto, el humilde "service" Enrico le pasó a Antonio Negri una factura histórica: la que demostraría que en Barrio Refinería, en 1896, ya existían bares - almacén, y quizás este haya sido el primero.

lunes, 13 de junio de 2011

LA CASA ES DECENTE

La foto nos muestra un bar, claro. Se supone que es un bar situado en calle Monteagudo entre Velez Sársfield y Gorriti. La copia fue facilitada en 1999 por la familia Tissera; los datos de que se dispone son externos a la foto, y como suele suceder, completamente insuficientes, por lo que habrá que mirarla con detenimento.
La foto debió ser importante: el fotógrafo agrupó a las personas, les dio una gradación jerárquica, cierta calidad lumínica (apartó las cortinas) y una vez revelada, la enmarcó en forma más o menos lujosa.
Por la vestimenta, y los hábitos masculinos (todos llevan bigotes, igual corte de pelo, sin barbas)  podemos decir groseramente que es de 1915 a 1925. Si bien es un indicador poco seguro, ya para 1920 a 25 el bigote no se usa demasiado. Asimismo, se abandona el chaleco, que antes era de rigor, y que sólo usa el hombre de la izquierda, tal vez un hombre mayor algo chapado a la antigua. Los sombreros son de tipo Borsalino y Panamá, aunque no se ven bombines, canotiers o ranchos, comunes desde principios de siglo, pero algo raros en un barrio obrero. El hombre de la derecha de la mujer usa un sombrero del tipo cordobés, aunque de ala corta. No se ve tampoco la típica pieza del obrero: la gorra de visera corta.
Podemos decir con cierta seguridad que la foto es de la década del 20.
Habitan la foto 11 personas, entre ellas una mujer y  los asistentes. Forman 4 grupos;  presumiblemente la mujer sea la dueña, ya mayor. A su lado tal vez el marido y el hijo, (o los hijos y allegados) el que está detrás del mostrador quizá sea empleado, no lo sabemos, pero se lo ubicó por fuera del grupo de “dueños”.
La estructura edilicia del bar es simple.
Un gran salón de 6 metros por 8, dos o tres mesas, y aunque se ven sólo dos, apenas se alcanza a ver en la esquina derecha y abajo, el ínfimo segmento de arco del respaldo de una silla Thonet.
El mostrador (la barra, “the bar”) luce sencillo, es un mueble largo con una moldura perimetral importante. En la barra se apoyan dos campanas de vidrio, con comidas ligeras de poco volumen, quizás sándwiches –que se alcanzan a ver- o para queso o pan. Y atrás bebidas, muchas bebidas. Probablemente sean vinos, jerez, guindados y licores, algunos extractos de malta, se aprecia una botella de cerveza con su etiqueta oval, contra el parante del aparador.
El aparador está cerrado con vidrios, no es un estante simple, como en las pulperías o almacenes. Más parece un mueble de farmacia que de bar. O de una casa.
No se alcanza a ver máquina de café alguna, pero las mesas lucen tazas grandes, de café “mediano”, como decimos hoy. Algunos vasos vacíos nos permiten ignorar la bebida que contenían, pan y algo de lo que parece manteca también pueden apreciarse.
Atrás del salón está la casa, seguramente; las dos puertas abiertas garantizan -al menos- un patio y la calle. Pareciera haber otra ventana más, hacia la derecha, por la forma en que accede la luz: las patas de las sillas de extrema derecha no arrojan sombras. Podemos aseverar que el bar tiene  ventanas a la calle, su reflejo en el vidrio lo confirma. La puerta de la izquierda es doble, el reflejo en la punta del aparador provienen del reflejo del sol en el vidrio. Quizás es una puerta interior, hacia la casa; no era común puerta doble en el acceso a los bares.  Los pisos, homogéneos, parecieran los habituales de madera. La otra opción, baldosas calcáreas, solían ser de colores, que se evidenciarían de inmediato, pero en la foto no se aprecia dibujo alguno.
Fuimos al lugar: sólo queda un baldío, donde termina la Cortada Corvalán. Superponiendo fotos, vemos que las líneas generales de las dos fotos -vieja y actual- coinciden asombrosamente, por lo que la foto del baldío que mostramos fue tomada en el punto exacto donde debió estar el fotógrafo original.
La iluminación es diurna, simplemente abriendo los postigos o persianas, y la nocturna debió ser bien pobre. 
Una sola lámpara a kerosene alumbra el lugar, y con pantalla. Obviamente, la pantalla de lata impedía alumbrar el cielorraso (cosa habitual hoy en día, ya que difunde la luz, de allí que los cielorrasos blancos sean muy eficientes para bajar el consumo energético). El cielorraso debió ser blanco quizás, pero eso no contribuía mucho a dar sensación de lobreguez al sitio en horas de la noche, a menos de encender lámparas adicionales. Nos tomamos el atrevimiento de oscurecer la foto, para ver cómo sería un anochecer en ese bar.
Hasta aquí llega la descripción. Pero esta foto esconde una serie de cuestiones interesantes.
Veamos a la gente, ubicada de forma algo planificada, aunque dentro de las posibilidades del bar como espacio para fotografiar. Es evidente que el fotógrafo ubicó al grupo de la izquierda a la luz, es el grupo mejor retratado, el hombre joven da vuelta la cara para que se aprecien mejor sus facciones, y es el más atildado.
Hay en los dueños (los suponemos varios, el grupo de la izquierda) una preocupación por la estética del bar. Las mesas no son descuidadas tablas hechas por un chapucero, sino mesas de bar con patas torneadas, iguales, barnizadas e incluso lustradas: basta ver el brillo de su superficie. Son propias de un bar, por su tamaño, pero no desentonarían en una casa de familia.
Si bien pueden ser comunes tales formas decorativas, y hasta incluso baratas, hay una búsqueda de la belleza que va desde la elección de los muebles hasta el empapelado o estarcido de la pared. La mujer tiene la ropa planchada, impecable, para ser una fondera de barrio obrero. A los vidrios de la puerta de la izquierda, además de los postigos, para evitar las miradas hacia adentro sin oscurecer,  se les ha pegado un papel de colores, hay un pudor de lo privado, un "no miren", un "prohibido pasar".
La foto es en pleno día, hay abundante luz, y por lo tanto, es hora de trabajar, porque en el barrio el trabajo, para la época, no se detenía los domingos. Pero bien pudo haber sido un sábado o domingo, no lo sabemos.
Muebles, privacidad, limpieza, orden, clientela, dueños, vaores específicos que no se hallan en un conventillo o un figón de un centavo el vaso de clarete.
Arriesgamos una hipótesis: se trata de un bar “decente”.
No es una fonda, un bar nocturno, un figón de mala muerte, un comedero ni una borrachería, sino un lugar de descanso, de relax, un sitio tranquilo. La foto trasunta ese espíritu. Unas botellas de reserva se ocultaron, pudorosa y prolijamente de la vista, arriba del techo del aparador, evitando el desorden de ponerlas en el piso, por ejemplo, o en un lugar inapropiado.
Los parroquianos están en actitud displicente, cómoda, aunque no parecen obreros en hora de trabajo. Excepto uno, sin corbata, incluso sin cuello de camisa. Y los sacos de al menos dos parroquianos son blancos, de verano, poco apropiados para el trabajo.
Se trató de seleccionar el espacio, la clientela y hasta la forma de decorar el ambiente.
El bar no se diferencia esencialmente de ningún bar actual, de reciente inauguración: efectos regularmente ubicados, objetos de factura similar, seriados; cierta preocupación por los detalles, limpieza, claridad.
Por lo tanto, la del bar es una familia de clase media incipiente, con los valores que nosotros también poseemos: orden, limpieza y claridad como valores identificables con lo moral; la “decencia” como hábito a mostrar fehacientemente, incluso desde lo simplemente formal.
“Esta es una casa decente” era una fórmula habitual en casamientos que se desmadraban, o ante actitudes equívocas de algún invitado, hoy, “la casa se reserva el derecho de admisión y permanencia”. El bar es una casa, un hábitat que puede ser visitado sin riesgo por la clase media misma, allí no hay marginales, ni trifulcas prostibularias, o sea, no hay desórdenes propios de otras clases sociales. Ideal para tomarse un café con leche, a media mañana, o luego de ir a trabajar, tomando un café y charlando hasta la hora de la cena, “hasta que se haga de noche”.
Es habitual, en narraciones de entrevistados del barrio, la costumbre de ir al bar luego de la siesta, o del trabajo, de siete a nueve, más o menos, "a no hacer nada".
Pero ¿a qué lugares?. Suponemos que la concurrencia a un lugar definido, definía a la clientela. El borrachín, al boliche, el trabajador "decente", al bar, que en general, tenía un apellido reconocido detrás, un renombre para bien o para mal, Conti,Tissera, Garat, tenían "sus" bares, restaurantes y fondas, con un reconociemtno del barrio de su claidad personal, un respeto que debía ganarse. Y, a veces, se perdía una reputación por una "agarrada", por lo que esto debía evitarse.
.¿Es casual entonces la presencia de una inocente lata de galletitas en el mostrador? ¿O es una declaración de objetivos comerciales? ¿Es casual que los parroquianos no estén bebiendo vino, por ejemplo, y los vasos parezcan de los que se usan para beber leche o chocolate?
No podemos aseverar mucho de esta foto, ni siquiera que haya sido del barrio Refinería.
En el fondo, eso es lateral, secundario.
Pero sí vemos que hay intenciones, que se traducen en datos.
La imagen nos parece una imagen de propaganda, para evidenciar que la costumbre de ir al bar es decente y tal vez desvincularse de los bares de obreros, como el Atrevido o las muchas fondas del lugar, donde las leyendas aseveran cuchillos y “revolvers”.
Una imagen de propietarios, de gente ordenada y pulcra. Una imagen de clase media.