El Museo Itinerante del Barrio de la Refinería ha sido declarado de Interes Cultural por la Secretaría de Cultura y educación de la Municipalidad de Rosario - Resolución 148/06- Declarado de Interés municipal por el Honorable Concejo Municipal - Decreto 28.744/06 - La Personería Jurídica está en trámite con el Nº 1806 desde agosto de 2009.
Las Jornadas de Cronistas e Historiadores Barriales fueron declaradas de interés Municipal mediante el Decreto 31.300/08 por el HCM.

domingo 22 de noviembre de 2009

TORNQUIST, LA INFLACION Y LA ROSA

La inflación es un problema actual.
Pero también lo fue del pasado.
En 1890 y a un año de la fundación de la Refinería argentina, la crisis estalló en Argentina.
Durante seis años, el presidente Juárez Celman formó un sistema corrupto y especulador. Si bien el presidente no robaba directamente, sí permitía que sus amigos, conocidos y favorecedores especularan en la banca, la bolsa y las explotaciones agropecuarias. Todo un sistema financiero y bursátil permitía que las inmensas sumas provenientes de la exportación de cereales y carnes conformaran un auténtico casino económico. Se creaban bancos privados con préstamos del estado en oro, devolviéndolos en pesos. La especulación en la bolsa provocaba suicidios y fortunas desmesuradas. La inflación era tremenda: nunca se había visto algo así.
Frente a esto algunos miembros de la misma clase oligárquica de Juárez Celman, junto a otros de la clase media porteña, militares y políticos de segunda línea, se agruparon en torno a Leandro Alem e iniciaron una revuelta armada. La Revolución del Parque, llevada a cabo en 1890 fracasó, pero el gobierno cayó.
En ese momento vencía un servicio de la deuda externa por 500.000 libras.
Reúne entonces el vicepresidente Carlos Pellegrini en su casa a sus amigos, encabezados por Ernesto Tornquist, y obtiene un préstamo que permite cumplir con la deuda. Recién entonces – asegurada la disponibilidad de dinero- se hace cargo de la presidencia y nombra a Roca ministro del Interior.
La grave crisis económica de 1889 que alcanzo su punto mayor en 1891, podríamos afirmar que estaba superada en 1898, ya bajo el gobierno ya de Luis Sáenz Peña.
El "arreglo Romero" – pagar la deuda externa más barata, a condición de no tomar nuevos créditos para ello- de 1893, más un período de muy buenas cosechas aquietaron la situación. Parecía que la prosperidad se mantenía.
Pero precisamente, la estabilidad y el alto consumo, más la exportación de divisas hacía que la inflación fuera cada vez mayor, ya que los papeles de la deuda externa debían pagarse en oro, no en pesos.
Es en este marco donde debe ubicarse una portada del Caras y Caretas que posee el Museo, del 22 de octubre de 1898. En este dibujo, Ernesto Tornquist, fundador de la Refinería Argentina, ha “clavado” la moneda a una escala y a la vez, riega una rosa roja, la “Hacienda” o sea, la economía.

El pie del dibujo es claro:
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EL FLORICULTORNQUIST

A su rosa entregado,
la riega sin cesar, y embelesado,
goza con su fragancia y sus matices
sin temer que, al regarla demasiado,
se pudran sus raíces.
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Es que Tornquist fue el promotor de una alternativa antiiflacionaria importante: la fijación monetaria a una cierta cantidad de divisas disponibles.
La idea era “clavar” la moneda a la cantidad de divisas existentes en el Banco Central. A esta idea se le llamó conversión de la moneda a un patrón, en este caso, el oro.
Con esta idea, Ernesto Tornquist y el doctor José María Rosa, presidente del Banco de la Nación presentaron el proyecto.
Una Caja de Conversión, o banco especial, emitiría los pesos "moneda nacional", que podrían cambiarse libremente a 0.44 de oro sellado, que era el “material” que formaba las divisas nacionales en las arcas del Banco Nación.
Pellegrini, que volvió de Europa donde había ido por cuestiones de salud, defendió el proyecto en el senado. Aprobada por el Congreso, la Ley de Conversión del 20 de septiembre de 1897 necesitaba ser promulgada. El Caras y Caretas que posee el Museo refleja tal vez la expectativa.
El presidente Julio Argentino Roca la aprobó apenas asumido, y el 4 de octubre de 1899, y a diez años de fundada la Refinería Argentina de Azúcar, Torquist con su idea logró que la inflación se detuviese, al menos por un tiempo.
No era inocente: esto permitía que se desarrollaran mejor los negocios internos, fijándolos a los externos. De nada servía lograr excelentes negocios con carnes y granos, si el sistema económico argentino se derrumbaba, y con él, la clase alta que los realizaba. Si el país caía, derrumbada su economía, no habría negocios posibles ni afuera ni adentro.
Paradójicamente, este sistema llegaría a su fin con los problemas externos; luego de la Primera Guerra Mundial las divisas comenzarían a caer, y el peso, hipervalorizado, a bajar de precio. Al caer el sustento del peso, éste se derrumbó a fines de los años 20.
Se restringió la oferta monetaria, y no había un miserable peso por la calle.
Pero Tornquist, capitalista de antiguo cuño, a inicios del siglo XX había salvado las empresas nacionales, sobre todo las destinadas a consumo interno. Su muerte desactivaría tanta previsión, al menos para su fábrica de Rosario, que cerrará en 1930.
Cien años después, Domingo Felipe Cavallo y su convertibilidad “un peso, un dólar” fueron un poco mas desafortunados: ya no había guerras para echarle la culpa.

jueves 19 de noviembre de 2009

VERA MUJICA, LA CALLE MOMIFICADA

En el barrio, un tramo de calle Vera Mujica une la calle Junín con la calle Vélez Sársfield. Un breve recorrido nos muestra que dos altos tapiales, bastante viejos, ciegan la primera cuadra, y aunque en algunos tramos está desmoronados o presentan largos faltantes, en general se han conservado. Estos tapiales separan los patios traseros de los galpones que dan a calle Iriondo y hacia el este, separaban la traza de vías que unía Embarcaderos con el resto del sistema portuario.
La foto de 1903 muestra un paisaje de esta calle miserable, humilde. Niños caminan descalzos por la calles de tierra, mientras que a lo lejos se observan las altas chimeneas de la Refinería. Un poco al fondo, un inmenso montón de lo que parece madera, o carbón, se acumula en forma de pirámide.
Parece ser pasado el mediodía y lógicamente sólo puede haber niños o mujeres en la calle: los hombres están trabajando. Incluso los chicos parecen venir de la escuela, puesto que traen largas túnicas y algunas carpetas.
Esta calle debió ser un lugar de residencia para los miles de personas que dependían de la Refinería de azúcar, que estaba trabajando desde hacía ya 14 años.
Paradójicamente la muerte de la Refinería salvó la calle en gran parte como se veía hace cien años. El viejo bar de la esquina con Arenales -llamado sucesivamente Pepito Marinero y ahora El Bodegón- aún se conserva, lo mismo que el baldío en la esquina de Junín. Un par de las viviendas perviven, pero ya muy transformadas, y nunca dejaron de ser humildes casitas de dos ventanas y una puerta.
En la vieja foto de arriba, unas lajas permiten cruzar la calle luego de alguna lluvia; unas columnas de madera permiten adivinar luz eléctrica en algunas casas. La foto fue tomada de algún poste o árbol, presumiblemente lo primero: los árboles eran escasísimos en el barrio, y solamente algunos podían verse al final de Iriondo, ya en la Estación Rosario Norte.
Curiosamente, Vera Mujica nunca dejó de ser pintoresca y a la vez, pobre.
Un cartel en el bar de la esquina miente: dice fundado en 1903. Lógicamente no es el mismo bar, ni el mismo dueño, ni se tienen en cuenta los largos años de abandono del local. También mintió Ester Goris cuando presentó en ese bar un libro suyo, argumentando que Agata Galiffi estuvo allí, como en tantos e innumerables lugares, tantos que no le hubiese alcanzado la vida para ir a todos esos sitios.
La zona no carece de encanto: el empedrado grueso le da un toque antiguo, pero su pasado de humildad no la ha abandonado: aún hoy, año 2009, se ven chicos descalzos.
Este lugar es un símbolo del aislamiento que sufrió el barrio por cien años, y ese aislamiento, ha momificado parcialmente el lugar.

El barrio no tenía un lado este, allí estaba el bajo, la barranca, el lugar de la miseria, de los arrabales del arrabal. En contacto con el ferrocaril y el puerto, Vera Mujica era un rincón donde uno debía vivir porque no había otra.
Tarde o temprano, llegarán los arquitectos, que no pueden ver que algo mantenga un estilo original, y pretenderán cambiarlo por otro, más falso, artificioso y mezquino. Le agregarán música de bandoneones que nunca existieron y gigantografías de inmigrantes que jamás pisaron el barrio, instalarán una iluminación moderna que destaque la textura de los ladrillos centenarios. Vendrán los autos que aflojarán los adoquines, que serán reemplazados por extrañas placas medievales de pórfido patagónico.
La vieja calle-momia se disgregará entre los dedos de los funcionarios, como un Ramsés Urbano.
El progreso tiene esas cosas. No tolera lo estático y lo reemplaza por lo estético. La miseria será erradicada más allá de los bulevares, lejos, invisible, inexistente, reemplazándola por el entusiasmo cursi de rosarinos ávidos de comer pizza mirando una pareja que baila El Choclo (tango que nunca se oyó allí), creerán que miran el pasado y sólo se mirarán entre ellos.
Habrá llegado, por fin, la ciudad.
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Para inspìrar a los arquitectos (que seguramente no dejarán tranquila a Vélez Sársfield) dejamos aquí una "fiel recostrucción" de lo que era la vida cotidiana de la época... de la Nueva Ola, 1969. El tango es de 1903, cuando lo bailaron seguramente sólo los hombres. La música que aquí se escucha es la versión de... 1947.
En 1955 se adaptó al ingles con el nombre de Kiss of Fire, por Louis Armstrong.
Esperamos que este excelente ejemplo de arqueología urbana sirva de fuente documental certera para los decoradores y urbanistas.
De nada.

video

lunes 16 de noviembre de 2009

DOS HOMBRES DE MUNDO

Las anécdotas del barrio que parecen no tener fin, a veces evidencias cosas sorprendentes.
Una vieja foto del barrio, publicada recientemente en el diario La Capital, muestra la calle Gorriti en su esquina con Monteagudo, a principios del siglo XX, calculamos 1910 o 1915.
Allí doblaba el tranvía, ya de vuelta hacia el centro, y el edificio de la fábrica de azúcar resalta, monstruoso, al finalizar la calle.
Monteagudo choca también contra el paredón, en lo que era entonces el Conventillo del turco Jamal – Jamal, según se le decía en el barrio, perteneciente a toda una familia, probablemente sirio libanesa. Según un viejo habitante de Refinería, ya fallecido, estos “turcos” iban con tocas de tela, turbantes que se sacaban para dejar al descubierto una larga cabellera que lavaban en las piletas del patio.
Enfrente, al lado del Jamal-Jamal, había una tornería de madera, y al lado un almacén de comestibles. En la esquina de la foto había, en la vereda opuesta a la que se ve, un surtidor de nafta, que tenía una especie de kiosquito de techo piramidal.
Pero no es esta la anécdota que nos ocupa, que transcurre en 1951.
Un vecino de Barrio Sorrento, Manuel, y que es quien nos cuenta la historia, tenía amigos que trabajaban en el bario y uno de ellos, Luis "Piccino" Bagnera, era albañil.
(Ya relatamos una anécdota sobre él en http://museorefineria.blogspot.com/2009/09/los-indiana-jones-del-barrio.html)
Luis estaba de novio –al menos eso decía- con una muchacha del barrio, que vivía por calle Vélez Sársfield, y Manuel lo acompañaba, pues estaba interesado en otra chica, vecina de la novia de Luis.
Luis llevó entonces a Manuel a tomar unas copas en un varieté en Refinería, que ya no existe. Estaba enfrente del Club Refinería, y pertenecía a una familia de San Jorge, provincia de Santa Fe.
Un varieté es el espectáculo que posee variados números musicales, cómicos y teatrales mezclados, diferentes entre sí, en una serie más o menos preestablecida.
¿Porqué esta invitación?
Según Manuel, Luis lo hizo para aparentar cierta mundanidad, y mostrar el aspecto de hombres de la noche a sus pretendidas.


Cuando los dos jóvenes fueron al varieté, el espectáculo se componía de varios números: un cómico, una pieza teatral, un baile a cargo de una bailarina y un guitarrista, y todo se desarrollaba mientras se tomaba una copa. Si bien no recordaba cómo eran los números, sí recordaba al guitarrista Velázquez, famoso en aquél Rosario de los años 50 por formar el trío Velázquez, Tabernei y Abreu, que hoy son casi desconocidos.
Si bien los pormenores se han perdido, Manuel recuerda que este varieté era casi una casa de familia, acondicionada con mesas, un buffet elemental y un modesto escenario. Podemos suponer que algún familiar - tal vez el propietario- hacía de mozo. Manuel recuerda a las hijas del dueño, tres muchachas “algo rellenitas”, y que vivían en la casa que estaba detrás del teatro. Arriba mostramos la foto del lugar donde se encontraba el establecimento, Manuel no dio demasiadas precisiones sobre la dirección exacta. No importa demasiado tampoco.
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Allí acaban los recuerdos.
Es interesante la aparición de este tipo de negocio en el barrio.
Suponemos que el barrio Refinería funcionaba como una especie de extensión de los teatros y night clubs de los alrededores de Rosario Norte, implantados en un conglomerado obrero, pero con cierta abundancia de bares y cafés. Pero según Manuel, Refinería jamás fue un barrio prostibulario, como sí lo fue Sunchales, que hoy se denomina oficial y erróneamente "Pichincha". Allí si había lugares de baile, night clubs, teatros, vodeviles, restaurantes y prostíbulos que funcionaban en casas comunes. Los grandes "establecimientos" no estaban ya.
Del modesto varieté de Monteagudo no queda ni el nombre.
Pero gracias al intento de Manuel y Luis en aparecer como “hombres de mundo” ante aquéllas chicas, quedó la memoria de un extinto y tal vez demasiado humilde emprendimiento teatral.
Manuel y Luis tenían 21 años.

jueves 12 de noviembre de 2009

INSTRUCCIONES PARA COMPRAR EN UN ALMACEN

En los últimos treinta años, han proliferado los supermercados y shoppings.
En estos establecimientos, la mercadería simplemente se toma con la mano, y luego se pasa por un lugar donde se paga. Así de simple.
Las cosas que uno compra viene pulcramente envasadas, en atractivos paquetes, alineados en estantes largos y compactos.
Hace, digamos, cuarenta años la realidad era bastante distinta.
No existía la “granjita” como ahora, o el minibar, o el supermercado chino, sino que había almacenes.
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- Nene, andá al almacén y traeme un kilo de azúcar...
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Y el nene iba, a regañadientes, arrastrando el bolso de red...
El almacén es, tradicionalmente, un lugar donde ir a comprar víveres, y es el último eslabón de una cadena que une a la pulpería, el almacén de ramos generales, el almacén propiamente dicho, la granjita, el mercadito, el mercado y el supermercado.
La pulpería es un abasto que pocas trazas dejó en Rosario, y suponemos que en el barrio no hubo. El almacén de ramos generales era un establecimiento donde la gente se surtía de todo lo posible: alimentos, jabón, aperos, tela, aparatos, herramientas, velas, anzuelos. Su lugar es el pueblo, alejado de la ciudad donde se fabrican estas cosas o se las importa.
Ya en la ciudad, el almacén reinó por más de un siglo.
El barrio tuvo muchos almacenes, el más viejo y recordado es el de Rosental, en Gorriti e Iriondo, que en 1905 abría sus puertas que mantuvo abiertas - si bien en otro lugar- hasta el día de hoy. La calle Iriondo era una calle de almacenes, y pudimos detectar para 1911, unos cinco establecimientos en esa cuadra, todos juntos. Algunos expendían bebidas, transformados en un bar; otros solamente vendían vituallas.
El aspecto externo es siempre igual en almacenes, bares y panaderías.
Una puerta central, dos ventanas con persianas de metal corrugado que se levantan a cadena. La puerta central posee postigos, que protegen de intrusos y se abulonan a la purta: deben sacarse las mariposas de bronce para dejar entrar la luz. Los postigos se apoyan a cada lado de la puerta, en a vereda.
Adentro del almacén, un mostrador. Detrás, un gran aparador de cajones con ventanitas, para dejar ver los fideos o las lentejas. Abajo del aparador, unos cajones de tapa abombada donde se guarda la yerba, el azúcar, la harina y los garbanzos, artículos siempre de gran venta. De un clavo penden dos o tres bacalaos secos para el guiso español. Detrás y a un costado, una gran estantería con los vinos y licores a la vista pero lejos del alcance del merchante, (el cliente). Allí están el Fernet Branca, el Chinato Garda, la Hesperidina, el Apertal, el Amargo Obrero, la Ginebra Bols, la Caña Legui, la Ferroquina Bisleri, el Campari...
El almacenero escucha el pedido, el kilo de azúcar que fue a comprar el nene.
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- ¿Molida o refinada, pibe?
- Refinada, don Antonio.

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Es el azúcar más fina, apta para repostería. La otra es para consumo normal. La impalpable es para las cremas.
Entonces el almacenero abre uno de los cajones, cuya tapa abombada “gira” hacia atrás. Mete una pala de chapa galvanizada y saca dos paladas. Las vuelca en un papel gris que dispuso en el mostrador, y luego levanta el papel por las cuatro puntas, doblando papel y azúcar en dos, luego enrosca los lados haciendo una especie de empanada de doble repulgue. Como arriba sigue abierto el “paquete”, toma las esquinas abiertas y haciendo girar todo el paquete, hace de cada esquina un moñito o torniquete: el paquete está cerrado. Este oscuro arte ya se ha perdido, pero se recuerda como habitual de estos establecimientos barriales.
Lo mismo se hacía con la yerba, los garbanzos y la harina, que en general ya venía en paquetes. Se vendía suelto, o sea sin envase, el vino, el aceite, el kerosene, las legumbres, el azúcar, a veces en botellas e incluso tarros que el mismo marchante traía. La gente siempre llevaba un bolso de tela, generalmente “fatto in casa”, de tela del tipo loneta, o lo que tuviera a mano. Las amas de casa a veces lo adornaban con bordados, y dos manijas de madera eran los lujos del adminículo. A fines de los años 60, el changuito compitió con la bolsa de los mandados.
Al almacén para pagar hay que ir o con plata, o con la libreta.
No existía la tarjeta de crédito para los humildes y trabajadores vecinos. Existía la libreta de almacén, de tapas negras. En la libreta se anota lo que uno va llevando, consumiendo y, a fin de mes, "se liquida la cuenta", o sea, se paga cuando se cobra el sueldo o la jubilación, y la libreta se sella el agradable rótulo de pagado cada fin de mes.
Era la compra al fiado.
Dadas las frecuentes deudas impagas, un cartelito ya famoso rezaba: hoy no se fia, mañana sí.
Sin embargo a, los vecinos más conspicuos y fieles, el alamacenero los "aguantaba", porque sabía de su fidelidad para el compromiso de pago.
Ya en el almacén, las mujeres aprovechaban para intercambiar información, o sea chismes, y los hombres... hacían lo mismo, para qué ocultarlo.
La recordada yapa era otra costumbre, muy recordada. Se supone un regalo del almacenero: un poco más de mercadería para la patrona, o un caramelo para el pibe.
Pero pocos saben que, dada la alta competencia en un ámbito cerrado como es un barrio, la yapa significa un pequeño gasto, que se recupera con un rápido manejo de la balanza... la yapa es un simbel, un burdo sistema de conseguir clientes fieles. Ni más ni menos.
Hoy, los shoppings no dan yapa, ni sellan libretas, ni venden azúcar suelto.
¿Porqué los almacenes han cambiado tanto, o han desaparecido? Si bien existen granjitas y mercaditos, la bromatología (como control sanitario de los alimentos) impide este tipo de comercio contaminable. Por lo tanto, aparecieron paquetes que forman la industria del packaging, que es contenedor y a la vez, publicidad. Esto encarece el producto, porque “a granel” o sea, suelto, el azúcar cuesta menos.
Además, las clases medias admiran la prolijidad de los envoltorios, las series largúisimas de productos todos iguales, y los fabricantes prefieren vender una marca, a veces sin importar la calidad. Ya no se pude echar la culpa del azúcar aterronada a la humedad. Ahora viene en bolsas selladas.
Los tiempos cambian. Y las instituciones también.
Es curioso comprobar que en todas las ciudades se verificaron estos cambios, indicios de una transformación nacional: se produjo por la incorporación de valores agregados a los productos, a fin de aumentar los beneficios del industrial: en cada valor agregado, por ejemplo, con la tapa a rosca del vino o la botella de plástico, el fabricante obtiene una ganancia adicional sobre el gasto efectuado. cada añadido sube el porcentaje de ganacia ya que compro la etiqueta, la botella, la tapa, y a cada rubro le añado una ganacia, y al final, l
os productos se encarecen, pero son "mejores".
Cosas de la economía, que finalmente transformaron el barrio. Muchos de eso almacenes ya no están: no eran rentables frente al supermercado.

Pero las cosas no son eternas: otros almacenes abrirán sus puertas: simplemente son necesarios.
Porque antes que dispositivos para la nostalgia, eran negocios.
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Agradecemos a la profesora Sandra Guerrero por su valioso aporte en esta reconstrucción.

viernes 30 de octubre de 2009

DON LISANDRO

Corre el año 1908 y el Radicalismo (Union Cívica Radical, UCR) apuesta a un cambio nacional.
Liderado por Hipólito Irigoyen, el partido de Leandro Alem trata de hacer cambiar, por las buenas o las malas, a la oligarquía imperante en Buenos Aires, a fin de permitir una mayor apertura cívica. Entre los métodos elegidos estaba la “revolución”, que para la época significaba una revuelta armada. Ya habían intentado esto en 1990, 1893 y 1905, y si las cosas no cambiaban, seguirían en ese camino. Además, Irigoyen se había transformado en el único referente del partido, en una postura personal que muchos tildaban de caudillismo y, como se decía en esa época, de “personalismo”.
Contra el personalismo de Yrigoyen y la lucha armada, estaba el rosarino Lisandro de la Torre. Vivía en calle Laprida y Santa Fe, y poseia una estancia importante en nuestra provincia.
Si bien había participado en una de esas revoluciones, la de 1890, Lisandro estaba enemistado con don Hipólito, al punto de batirse a duelo.
Además había otros intereses.
Los políticos estaban vinculados a la explotación agraria, y Lisandro era un estanciero, al igual que Yrigoyen. Sin embargo, De la Torre era santafesino, y se oponía al radicalismo en estos términos:
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"El Partido Radical ha tenido en su seno una actitud hostil y perturbadora, la del señor Yrigoyen, influencia oculta y perseverante que ha operado por lo mismo antes y después de la muerte del Doctor Alem, que destruye en estos instantes la gran política de la coalición, anteponiendo a los intereses del país y los intereses del partido, sentimientos pequeños e inconfesables".
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Es por ello que en 1908, funda en Santa Fe un partido propio: la Liga del Sur.
Los postulados son similares a los de la UCR, pero se diferencia por el carácter extremo de su lucha por la corrupción estatal. Para Lisandro, la Liga es:

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"un acto de protesta y de defensa propia contra la absorción irritante y expresión de fe en las propias actitudes para realizar los fines del gobierno libre. Así surge a la escena esta poderosa agrupación popular. La Liga del Sur no es la liga del sur contra el norte; la Liga del Sur es la concentración de voluntades de los habitantes del sur en defensa de su autonomía y en contra del localismo absorbente de la ciudad capital. Mañana podrá existir al Liga del Norte con la misma bandera".

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La Liga reclamaba menos centralismo, autonomía municipal, reforma constitucional, cambios organzativos en las cámaras.
En 1911, Lisandro de la Torre desembarca en el barrio Refinería.
Es más: funda en el barrio un comité.
Dado que era un barrio obrero, la Liga precisamente trataba de sumar apoyo popular, hasta ese momento hegemonizado por la UCR. En base a documentos del museo, es casi seguro que el vecino Antonio Negri –propietario de un almacén importante- haya sido Liguista. Uno de los afiliados más importantes de Rosario era Ovidio Lagos.
Se ha perdido el lugar exacto de la presentación, es probable que haya sido en algún galpón. El museo sin embargo tratará de investigar el hecho más precisamente, ya que sería un lugar histórico.
En las dos –malas- fotos se ven rostros curtidos por el sol, una mesa, y don Lisandro arengado a los participantes. Se han perdido los contenidos.
La revista donde aparecen las fotos, un Monos y Monadas de 1911, publicó abundante referencia sobre las actividades de la Liga del Sur, tal vez apoyando ideológicamente el movimiento.
De la Torre tenía 42 años y la Liga del Sur concurrió a los comicios provinciales del 5 de marzo de 1911,
signada por irregularidades y conflictos; a pesar de ello Lisandro se incorporó a la Legislatura como diputado por la minoría correspondiente al departamento de San Lorenzo. Su actuación fue breve debido a la intervención federal y el consiguiente cierre de la Legislatura.
La Liga del Sur desaparece en 1914, cuando Lisandro de la Torre, junto a representantes de otros partidos funda, un 14 de diciembre en el Hotel Savoy de Buenos Aires, el Partido Demócrata Progresista. Es el partido que conocemos hoy.

Es interesante la apuesta latorrista.
Erguirse como político en un barrio obrero, barrio rechazado por las clases medias, era seguramente para la época un desafío.
Lisandro de la Torre pasó por Refinería: el barrio sigue reservando historias ocultas, insospechadas.