LA HISTORIA NO ES EL PASADO, PORQUE TRANSCURRE HOY .
El Museo Itinerante del Barrio de la Refinería, las Jornadas de Cronistas e Historiadores Barriales y el Museo Virtual están declarados de Interés Cultural por la Secretaría de Cultura de la Municipalidad de Rosario y el Honorable Concejo Municipal.
Personería Jurídica Otorgada por Resolución Nº325 del año 2010.
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domingo, 31 de enero de 2010

EL RECOMENDADOR NO RECOMENDABLE

En el Museo poseemos una carta de recomendación, un Testimonio, extendido por la Refinería Argentina de Azúcar, a favor de Juan Stumvoll en la cual se certifica que esta persona “entró en ns. Establecimiento como encargado de ns. almacén de materiales el 9 de marzo de 189…(falta el dígito por rotura del papel)”.
Esta recomendación con probabilidad estaba destinada a realizar algún tipo de tramitación legal.
Para la época era sumamente importante contar con un trabajo en el cual se garantizara “el buen comportamiento”. Actualmente, esta condición se ha suavizado, ya que en general el comportamiento privado hasta cierto punto se ha separado del comrcial o laboral. Debemos tener en cuenta también que las aguas laborales no estaban precisamente tranquilas en ese momento. Grandes contingentes de inmigrantes estaban desembarcando en el país, y muchos de ellos, italianos y españoles, eran fuertemente críticos del sistema capitalista, en general socialistas o anarquistas.
La tensión en las fábricas no era extraña, pero la ley estaba en contra de cualquier rebelión. El mismo Dalmacio Vélez Sársfield (que da nombre a una calle del barrio)en 1878 decía en El Nacional: "El socialismo usa las huelgas como instrumento de perturbación, pero el socialismo no es una necesidad en América. No se pueden admitir las huelgas porque eso significaría subvertir las reglas del trabajo”.
La otra implicancia era no poseer antecedentes penales. Éstos iban desde un arresto por borrachera hasta un crimen de sangre. En los barrios obreros no eran raros los delincuentes y la criminalización de los pobres, la falsa cara opuesta a la ley. La misma policía provenía de los estratos más bajos de la población, y su “elevación” a autoridad le daba una ascendencia sobre los más humildes, y también un cierto olvido de su origen.
Los certificados de buena conducta o papeletas debían presentarse antes de trabajar, donde la policía dejaba constancia que el susodicho no tenía un prontuario.
Pero la cosa no terminaba allí.
Una vez dentro del trabajo, uno debía comportarse adecuadamente.
Las rebeliones estaban prohibidas, por supuesto. Pero los patrones no toleraban el contacto entre hombres y mujeres, ni las simples conversaciones. Juan Bialet Massé dedica una frase al respecto del trabajo en la fábrica: silencio absoluto.
Pero Juan Stumvoll – tal vez un inmigrante sueco o alemán- evidentemente necesitaba de esta recomendación.
Y la hizo firmar por un alto personaje de la fábrica.
Juan entró trabajar en la Refinería Argentina casi en la época fundacional, y dado que la fecha de la carta es de 1899 y la inauguración es de 1889, nos quedan 10 años para saber qué día entró a trabajar Juan. Por un mínimo vestigio del trazo, podemos adivinar un 7 o un 1. Este último caso (1891) tal vez sea el más probable, porque 9 de marzo de 1891 cae lunes, día excelente para empezar a trabajar... y no un miércoles, por ejemplo.
Pero son conjeturas cronológicas, curiosidades.
La carta o “testimonio” es seca y concisa, adecuada para un personaje de alto nivel en la empresa. En ella, la autoridad declara: “hasta la fecha se ha portado á nuestra entera satisfacción observando una conducta intachable”.
Juan podía darse también por satisfecho.
La firma es la del Director Técnico de la empresa, después de él estaba el directorio general, o sea, Ernesto Tornquist.
El Director Técnico era Fernando Kessler.
Este personaje, en 1901 traicionó a Tornquist, que lo había contratado en 1889, llevándose no solamente los inventos técnicos que la Refinería había pagado, sino que se pasó a la competencia.
Kessler comenzó a trabajar en los inicios mismos de la fábrica, y era él quien personalmente la había diseñado y montado. Con el cargo de Director Técnico, estudiaba y desarrollaba procedimientos para aumentar la producción y por lo tanto, la ganancia.
Más tarde, Fernando trabaja -con permiso especial- en el ingenio Germania, en Santa Fe.
A pesar de los contratos firmados y los préstamos entregados a él personalmente por Tornquist (que ascendían en 1901 a $165.000) se irá a Tucumán, donde parece que aplicó los procedimientos productivos de la Refinería Argentina, cuyo secreto estaba impedido de divulgar por su contrato laboral.
Fue llevado a juicio por los préstamos, pero no sabemos el resultado.
Sin embargo, en 1899 poseía la audacia (íbamos a decir el caradurismo) de constatar la buena conducta del obrero que cuidaba el almacén de materiales.
Imaginamos la soberbia de Fernando Kessler al firmar: su letra es ampulosa, dibujada, impecable, importante. El trazo que subraya la palabra "Testimonio"  fue hecho con la regla y el gesto deliberado del delineante: arranca con prudencia y se detiene con calma. 
La firma, hecha con algún desdén, abrevia el nombre de pila, “Fndo. Kessler”.
Por esas cosas del trabajo, la carta fue fechada el 23 de abril, que cae… domingo. Fernando no se daba tregua… o mejor dicho: la fábrica trabajaba los 365 días del año...
Tal vez a Juan Stumvoll, obrero europeo, la constancia de buena conducta le sirvió. Era un empleado en un puesto envidiable, en un lugar clave para la producción: el depósito. Tenía entonces muy buenos antecedentes, nunca había robado, y los poderosos lo aseveraban.
Tal vez por eso la carta (y a pesar del desdén de Fernando Kessler) Juan Stumvoll, para la firma era un tipo recomendable, una persona  confiable, tal vez por ser compatriota de Kessler, que había nacido en Colonia.
Apenas dos años después, el desdén del poco recomendable Director Técnico daba sus resultados, pero negativos para la Empresa.
También comenzaba la huelga, los disparos, los muertos.
Comenzaba otra época.
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Para más detalles sobre Fernando Kessler, ver:
http://museorefineria.blogspot.com/2009/07/fernando-kessler-el-traidor.html

lunes, 25 de enero de 2010

TODO A MANO


Tal vez una de las metas más queridas por los trabajadores en Argentina fue hacerse una casa, establecerse.

Podemos imaginar a los obreros y empleados, después de haber vivido en una casa de lata o en un conventillo, y luego de años de trabajo esforzado, comprarse el terreno, haciendo luego las primeras piezas, techadas con chapa ondulada.
Y al mismo tiempo, decorándolas a su manera, dándole “el toque del dueño”.
Una de las formas más comunes en Rosario a fines del siglo XIX y principios del XX de decorar una casa, era hacerle molduras y comprar las decoraciones hechas, para aplicarlas al frente.

La moldura era lo que "remataba" algunas partes de la casa. En general, no dejaba ver cantos vivos y redondeaba esquinas. Daba terminación a mochetas, filos, aleros  y cornisas; separaba paños lisos de otros decorados, rodeaba las ventanas, delimitaba un zócalo, una baranda, etcétera. Son en general rectas o curvas, horizontales o verticales, pero siemrpe contínuas.
Las decoraciones aplicadas, por otro lado, permitían darle cierto carácter a la casa. la idea era que dada una variedad, las casas siempre fueran diferentes unas de las otras. En Rosario hay poquísimas casas antiguas idénticas, y éstas en general hechas por el mismo constructor.
Las decoraciones se compraban por catálogo, sueltas, y el constructor las “pegaba” al muro del frente. Se hacían con moldes de goma, y las vendían corralones, o negocios especializados. Eran perfectas, y uno podía comprar muchas, sabiendo que eran siempre idénticas entre ellas. En las fotos de al lado vemos molduras y decoraciones en el barrio, y así se usaban también en el resto de Rosario.

Había uno de estos comercios, del cual ha quedado sólo la fachada, en calle España entre Córdoba y Santa Fe. Fue un negocio de yesería artística, que proveía elementos florales, bustos, guirnaldas, ménsulas, modillones, escudos, plafones, capiteles de columna, estatuas, mascarones, todo tipo de animalitos de cemento o yeso, etcétera, sea para interior o exterior.

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Pero en el barrio existe una casa cuyo dueño y cuyo constructor se rehusaron a comprar estas decoraciones.
Eligieron hacerlas todas a mano, “in situ” por mano del albañil.
Es la casa que vemos a la derecha, entre el follaje de un antiguo paraíso.
La casa, de calle Vélez Sarsfield 257, posee toda la impronta de la casa barrial apta para comercio: puerta de ingreso al local (único) y una ventana alta con persiana de metal.
El constructor es el Ingeniero Pinazo, “Constructor de Obras”, de calle 21 de Arroyito.  No se lee muy bien la dirección, pero aparece un 38, o quizás el último número sea la B de bis.  
Actualmente es la calle Joaquín V. González, en el mismo barrio Arroyito, claro.
El albañil hizo lo que es común a todas las casas de Rosario de la época: las molduras a regla y plantilla. Esto significaba que el obrero revocaba (algo abultadamente) una cornisa, por ejemplo, y luego “recortaba” el revoque con una forma o plantilla, pasándola a lo largo de la cornisa, lo que le daba una terminación de estilo a los filos.
Había molduras en pecho de paloma, en garganta; media caña o en filete; todas formas muy habituales, y hasta remanidas.

El albañil del Ingeniero Pinazo hizo molduras en los cantos de los huecos de las aberturas, los aleritos sobre las puertas y ventanas, las cornisas, pero la cas ale quedaba “seca”, sin carácter. Combinó pecho de paloma, garganta y media caña: un clásico de la albañilería barrial.
Luego, decidieron, entre Pinazo y el dueño, no comprar las decoraciones: ordenaron al albañil que las haga “a mano”.
La habilidad del artesano es evidente. Además de las paredes, revoques y molduras a plantilla, hizo flores, espirales rectangulares, hojas, volutas, guirnaldas.
Probablemente las haya copiado de algún modelo “al natural”, o sea otra casa.
Dos bustos de mujer – casi planos- evidentemente los hizo aparte, pues se notan “encastrados” en el revoque, y denotan la misma mano del albañil, dadas las líneas algo imperfectas de los rostros. Parece, por el formato, que fueron hechos modelándolos luego de echar cemento sobre una tabla. Igual parece haberse hecho con el letrero que publicita al Ingeniero Pinazo, grabando una "torta" irregular de cemento...
La casa quedó decorada, pero a la vez, es única, porque le falta la perfección material, habitual de las piezas compradas.
Posee un carácter especial.
Es una casa... fatta in casa.
Se nota que los cantos de las hojas son redondeados, suavizados; las espirales, algo deformadas, y no son iguales unas a otras, las terminaciones y encuentros no están del todo definidos. Hay otra casa, en calle Gorriti, hecha del mismo modo, y sospechamos que el mismo albañil hizo las decoraciones. Aquí al lado  mostramos dos bellos rostros modelados, de cuatro que se hicieron. Son todos diferentes.  

Más allá de la anécdota, este fue un barrio muy populoso; un barrio de clase obrera. Esta clase social, lentamente se fue asimilando a la ciudad, e inevitablemente se vio expuesta a los gustos, comida, ropa, educación, productos y posibilidades de la ciudad burguesa, de clase media rosarina por otro lado hegemónica en essos gustos. La clase en el gobierno o en las profesiones  decía que era "buena arquitectura" y cuál era la "mala". Pinazo con su diseño arquitectónico  traducía ese gusto, adaptado a las posiblidades de un barrio y un propietario humildes, y tal vez por ello hizo hacer las molduras a mano, abaratando costos.
Es una casa de transición, de adaptación entre las casas "buenas" y las casas "posibles". 
Frente a la diferenciación feroz, seguramente los obreros trataron de integrarse. Así como se copiaron gustos y modelos, un humilde albañil copió lo que había visto –tal vez en otra obra donde trabajó- conducido por un ingeniero y su cliente, que a lo mejor se quisieron ahorrar unos pesos.
O bien el trabajo de irse hasta el centro, para comprar las pesadas decoraciones de cemento.

miércoles, 20 de enero de 2010

UNA ESTANCIA DE PLOMO

Una de las colecciones más importantes del museo es una Estancia hecha completamente en plomo, dentro de la denominada Colección Platanía.
La Estancia o Granja, llamada "Don Fabiàn" era de la firma EG Toys, cuyo duelño, Enzo Giugiari (EG) quien era un inmigrante dedicado a la fabricaciòn de juguetes en materiales diversos. En la estancia se conjugan la madera, el terciado, el plomo en aleaciòn con estaño, el yeso, el aserrìn, hilo encerado y hojalata.   
Este juguete es un conjunto complejo de piezas, y consistía en un escenario, hecho de madera terciada, que se cubrió con aserrín teñido de verde encolado para simular pasto y colocar allí figuritas de plomo.
Sobre él se colocó un ranchito de madera, y este escenario servía para jugar “a los gauchos” con figuritas de metal de muchos tipos, formas e incluso escalas.
La estancia posee un par de árboles, una aguada, un aljibe, un horno de pan y un molino (con rueda de paletas, escalera, timón y bomba). Para la comida, un sulky trae a dos visitantes. Mientras, un gaucho abre una tranquera de plomo, desde arriba de su percherón, mientras que un porteador acarrea al hombro la valija de los recién llegados. Una mujer lava la ropa en cuclillas, mientras ve llegar a los forasteros.
Un gaucho y una china están bailando una zamba, al ritmo de un paisano que toca con guitarra y otro con un acordeón. Pequeños utensilios como pavas, baúles y baldes forman parte de las herramientas y menajes de la diminuta estancia. Unos chorizos se cocinan en la parrilla y un asado con cuero ya está a casi a punto...
Los animales son un rubro aparte y son la mayor parte de la "población" de la estancia.
Vacas, toros, terneros, bueyes, caballos, potrillos, pueblan la pequeña propiedad, junto a gallinas, gallos, cisnes, patos, patitos y pollitos minúsculos.
Todas las especies de animales domésticos se han representado: perros de varias razas (hay hasta un pequinés y un galgo), gatos y burros. No falta un toro fino, destinado seguramente a la Exposición Rural de Palermo.
Podemos estimar que la fecha del juguete ronda los años 50.
Consideramos interesante entonces analizar un poco las pautas de consumo de esos años, sucesivamente bajo el gobierno justicialista desde 1945 y luego militar desde 1955 hasta 1958.
Durante esos 10 años, hubo un auge de juguetes y artículos que sobreestimaban la figura mítica del gaucho y de lo “campero”.
Enfrentado a lo “extranjero” sobre todo lo norteamericano de la línea Disney, el peronismo de los 50 presentaba lo nacional como gauchesco a veces, como proletario otras. Los argentinos éramos "gauchos": nobles, francos, serviciales y sacrificados.
Comenzaron a fabricarse artículos para niños que explotaban esas características. las muñecas se vendían como pequeñas chinas, las mujeres del campo.
Juegos de mesa, como El Estanciero son de esa época. Claro que no se mencionaba que un estanciero era, precisamente, la imagen opuesta al gaucho, ya que estaba más vinculado a la odiada oligarquía que a los ranchitos rurales. Además, el juego mismo era una variante del Monopoly, juego norteamericano muy similar al Juego de la Oca.
Para las nenas, las mencionadas muñecas, maquinitas de coser o juegos de mate en aluminio eran regalos comunes.
Muchos otros objetos cotidianos de consumo llevaban marcas “criollas”, hoy reconocibles y casi míticas, como Flor de Ceibo, Nobleza Gaucha, Rastrojero, Pampero, Federal o Criollitas.
Era frecuente en las publicidades un gaucho fumando, tomando un aperitivo o algún remedio; o que una china cebara un cimarrón a la mañana, auspiciando la yerba Salus.
Además, se suponía que cada argentino era, en esencia, un gaucho hospitalario y desmedido en su solidaridad. A la ciudadanía en su conjunto se la representaba como “Juan Pueblo”, siempre perjudicado por el gobierno... anterior.
¿La imagen que se pretende? Los chicos deben entender que el país, como la estancia de juguete, “tiene de todo”. 
Hay un alarde de riqueza, coincidente con la idea de una Argentina fértil, poderosa, “con todos los climas”, una Argentina idealmente rural, pero en el fondo, social y políticamente y urbana.
Esta imagen de abundancia, propia de las clases medias, generó una población ansiosa de consumo, deseosa de cantidad.
La idealización de la imagen campera “abundante” es tal, que los juguetes, por su forma y cantidad, ya no caben todos en el escenario. Son demasiados, y a veces muy grandes en la proporción, o demasiado pequeños.
La manufactura del juguete, por otro lado, coincide con la semi industrialización del período entre los 40 y 60.
Un poco hecho a mano (el escenario es de madera encolada con aserrín pegado), y otro poco a máquina.
La estancia era un signo de un país semidesarrollado (o no desarrollado) industrialmente. Esta industrialización liviana abarcaba juguetes como éste, y también a los electrodomésticos y los transportes, que muchas veces estaban realizados en talleres estatales o barriales, sin demasiada eficiencia en la producción.
Con la llegada de juguetes baratos del extranjero, luego del gobierno peronista, en los años 60 la competencia a la industria nacional fue ya imparable.
Pero ya entrados los 60, los símbolos gauchescos para los juguetes estaban casi olvidados.
Estaban de moda los aviones a chorro, los autos hipermodernos, ciertos juguetes espaciales, los trenes. Las nenas jugaban a las muñecas, pero vestidas a la moda, incluso algunas "hablaban".  Aparecen los juguetes a pila, o los didácticos, como el ya célebre Cerebro Mágico.
Ya no habría gauchos de juguete. Los niños no jugaban a la estancia, sino a la guerra, con soldaditos nacionales, pero inspirados en la Segunda Guerra Mundial, en un militarismo de mesa falsamente heroico que los sucesivos gobiernos militares no se cansarían de apoyar.
La imagen del gaucho recién sería recuperada en 1978 –un poco pensando en los chicos, pero sobre todo en los adultos-  bajo un gobierno dictatorial, y auspiciando un mundial de fútbol. 
La imagen del "gauchito" estaba deformada por mil estereotipos juntos: un sombrero a la salteña, una fusta, pañuelo, botines  y la camiseta de la selección de fútbol. La dictadura construia su propia imagen. El juego sería otro, y menos inocente: los auténticos estancieros jugaban en terreno nuestro.

viernes, 15 de enero de 2010

EL SALON DE ANGELA

El abanico de cartón de propaganda está un poco ajado y sucio, carece ya de mango, pero es perfectamente legible su imagen y las referencias.
El abanico es una propaganda de la peluquería para damas “Ceccato”, un salón de peinados que estaba ubicada en Vélez Sársfield 950. Hoy en el lugar hay un terreno baldío, usado como estacionamiento. El tiempo ha pasado.
Este tipo de publicidad era muy frecuente en la época, y por lo que se lee en el reverso, estaba destinado a las clientas para las fiestas de fin de año.

La imagen del frente es algo esquemática, convencional y la suponemos un tanto pícara. Es una “bailaora” andaluza, de mantilla y con una pierna que asoma de la falda, y que porta una guitarra en la mano, apoyándola en el suelo. Atrás puede verse (con dificultad) un “majo” en una ventana con reja, y otra andaluza más, en apariencia cortejada por el hombre.
La imagen no posee otro mérito que su convencionalismo, y estar firmada por un tal AMLIX. La fecha es dudosa. Por el número de teléfono podemos ubicar la publicidad en los años 40 a 50. En una guía telefónica de aproximadamente 1946 el salón figura a nombre de A. A. Ceccato, con el número U.T. 97924. Luego de 1948, se pasó a agregar al número la sigla T.E.: Teléfonos del Estado. Podemos estar casi seguros que el abanico es de los años 40, ya que el número del teléfono es, además, bastante alto. Recordemos que el de la Farmacia Rezzoagli, era para los años 20, el U.T. 8237 (ver http://museorefineria.blogspot.com/2009/07/un-abanico-de-propaganda.html). Pero son datos anecdóticos.
Vayamos a algo más interesante.
¿Cómo era el peinado femenino de esas épocas?
Los peinados que podemos ver son bastante elocuentes.
Uno de los usos que se piensa como habitual es el “rodete”, conseguido al recoger el pelo hacia atrás, y dejándolo tirante. El modelo más inmediato en la memoria es el de Eva Perón. Sin embargo, de acuerdo a las fotos de la época, Evita era una de las pocas que usaba ese estilo formal y un poco rígido.
Los peinados cotidianos, y aún los de fiesta,  eran sin embargo  más “sueltos” que los usados por Eva. Las mujeres solían llevar pelo ondulado, libre  en los extremos, a veces largo, sobre todo si eran rubias, excepcionalmente lacios y ondulados en las puntas.
El promedio de las mujeres usaba el pelo un poco más abajo de los hombros. A veces, el pelo se dividía en dos, abultándolo a los lados con rulos y algo armados con laca (el famoso “esprai”). Los bucles se armaban enrollando el pelo en bigudíes, palitos de madera antecesores de los ruleros aún en uso, luego se usaban productos químicos para hacerlos permanentes, o decolorarlos.
Algunas mujeres lo usaban muy corto, peinándolo hacia arriba, en general con un coronamiento de rulos, otras era un peinado compeltamente ondulado, pero suelto. Atrás había quedado el pelo ondulado, decolorado  y pegado a las sienes, típico de los años 30, o la melena "a la garzón".
Las permanentes de la época pretendían fijar los rulos, y no se han observado lacios perfectos. A veces, una redecilla de color contiene el pelo, que forma una especie de bolsa sobre la nuca. Se usaba también un gran abultamiento del peinado en la frente, y se solía dar también mucho volumen en la parte posterior.
Hemos elegido modelos de las revistas del museo, y otras de la vida cotidiana. Es curioso ver que no existía demasiada variedad de peinados, dos o tres modelos. Basta comparar con la infinidad de peinados ofrecidos actuamente  en las peluquerías femeninas: hoy incluyen desde el lacio perfecto, hasta el rasurado completo de la cabeza, para las más audaces (y jóvenes). La idea en estos días es resaltar la indiviudualidad, en los lejanos años 40 la tendencia era a uniformar, homogeneizar.
Esta forma de verse, de presentarse,  nos deja hipotetizar sobre una rígida igualdad de aspectos, dos o tres formatos aceptados, la rigurosidad e igualdad en la apariencia. Nada de “salirse de la norma”, de sobresalir de los formatos prestablecidos.
Esto coincide con otros aspectos sociales, como el papel de la mujer muchas veces reducida a la cocina y la atención de los hijos, la “imposibilidad” de separarse del marido. Pensemos que la mujer adquirió su derecho a voto recién en 1949. Sujeta al "que dirán" (que las más de las veces se reducía al chisme) la mujer en 1940 estaba muy restringida socialmente.
Queda el dato final: Ángela A. Cecatto era probablemente la señorita Cecatto.
No dudamos que de haber sido casada, hubiese usado el apellido de su marido para publicitar su negocio.
En la guía telefónica, arriba de ella en la lista de la Unión telefónica y viviendo enfrente, aparece otra abonada: Juana P. de Caligaris. No sabemos el "P.", nombre de soltera de Juana... Una vez casada, la mujer perdía su apellido de soltera, reducido a una letra.  
A pesar del pelo libre, la “distinguida clientela” de la señorita Ceccato no era tan libre, por los datos que poseemos. Hasta la "bailaora" tiene el peinado acorde a la época, y su postura es "standard", aunque atractiva. Se supone que ahí está la gracia. Seducir, atraer, pero no salirse del molde. Es que la libertad del pelo es una cosa, señora, y la de las personas es otra.
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Para ver la historia del teléfono, que es importante en esta investigación, puede verse la página: http://mepriv.mecon.gov.ar/entel/ResHist-entel.html

domingo, 10 de enero de 2010

LA ESCUELA Nº 72 SEGUN EMMA

El Museo posee unos viejos papeles de 1929, donados por una maestra, donde una directora, Emma Shea, describe la historia de “la Juan B. Justo”.
Su descripción responde a una investigaciòn formal, probablemente solicitada por el Ministerio, ya que está escrita en 1929, y en 1934 se publica un folleto con la historia, al cumplir la escuela 40 años.  
Los papeles, evidentemente borradores del folleto oficial, son manuscritos; ya tienen 90 años.
La escuela del barrio, desde la “fundación” de la Refinería fue la escuela Nº 72, inicialmente denominada "La escuela de la Refinería", luego "Escuela Alterna Nº72" y finalmente, "Escuela Nº72 Doctor Juan Bautista Justo". Aquí al lado pueden verse en 1911, niñas probablemente alumnas de la escuela.
Emma describe los años heroicos de la escuela, desde su primitiva ubicación hasta sus días, y su léxico (algo anticuado para nosotros) oscila entre lo administrativo y lo historiográfico. No duda en subirse a la historia “dejando constancia” de sus mejores actuaciones, sea por sus palabras o las ajenas.

Tal vez no sea muy exagerado considerarla la primera historiadora que tuvo el barrio, ya que buscó los datos con un sistema, y los expuso con un método.
Si bien existía otra escuelita formal en el Barrio Inglés, destinada a los hijos de ferroviarios, la Escuela Nº 72 comenzó a funcionar a los cinco años de establecida la Refinería Argentina de Azúcar, o sea que fue fundada en 1894 o 1895. Emma tiene el mismo problema que muchos historiadores: los documentos son escasos.  
Sin fechas precisas, Emma se lamenta que, “Copia fiel del acta de fundación o de colocación de la piedra fundamental… no existe”. Gran inconveniente.

El manuscrito tiene tachaduras (varias e insistentes, como se ve al lado), oscilando entre 1894 o 1895 como inicio institucional.
Pero Emma sí sabe el nombre de la primera directora: Saturnina Olmos de Cuscueta, alias “Misia Nina”, su ayudante fue primero Clara de Olmos, y luego la señorita Laura Hamilton. Gabriel Carrasco fue su primer inspector, en 1895, cuya imagen se ve a la derecha.
Emma Shea es parca en las descripciones, tal vez por la falta de datos, ya que incluso en una ocasión menciona la falta total de archivos, actas y referencias. La escuela según Emma, se denominaba Escuela Refinería o según algunos testimonios que posee el museo, “La Escuela de la Refinería”.
La portera para 1906 era Griselda Ponte, y el alumnado ascendía a 184 niños: 80 varones y 104 nenas.
Esta escuela inicial estaba situada en la sala a la calle “de un gran conventillo”, en cortada Vignale, hoy Arenales. La ubicación exacta se desconoce, aunque la memoria popular la ubica en una vieja casa en Arenales entre Vera Mujica y Thedy, aunque sin demasiadas pruebas al respecto.

La escuela subió de categoría en 1901 a 6ta. dada la cantidad de alumnos “i estar ubicada en barrio popular”, según la señorita Emma, que al parecer desconoce el uso de las “y”. Según algunos, esta grafía es de raíz sarmientina, pero según comentarios de ancianas maestras, provenía de la lectura de libros españoles clásicos; o bien se consideraba a la "ye" (es la "i" griega) como una letra "no castellana" ¡Todavía en 1929!
La escuela está en un barrio de obreros, esto no obsta para que en los comienzos del siglo XX la escuela crezca. Para 1908 ya cuenta con 207 alumnos. Sin embargo, el inspector Luis Calderón constata que muchos varones se han ido a otra escuela “que retiene a los niños mañana i tarde (sic)”.

La "competencia" - suponemos- debió ser el Colegio Boneo, fundado en 1906; la foto de aquí al lado es de los años 20.
Por parte de la Iglesia Católica había una preocupación en dar educación primaria religiosa en el barrio, sobre todo por la gran cantidad de extranjeros y obreros politizados, que frecuentemente eran socialistas, anarquistas o comunistas, todos ellos ateos. Eso hacía que se intentase captar a los niños varones para su educación por la nueva escuela confesional de calle Gorriti al 600.
Pero para esos años iniciales del siglo XX, la tarea de una enseñanza oficial -si bien no completamente laica- ya estaba emprendida por Misia Nina.
Las directoras se suceden a la fundadora, jubilada en 1910.
Sara Amaya cumple sus funciones como segunda directora de 1911 a 1912 sucediéndola casi enseguida... la misma directora: Sara A.(maya) de Diosdado, luego activa  militante socialista, influyente en la educación nacional. Doñá Sara institucionalizó en 1915 la primera Cooperadora Escolar del país ¡en el barrio Refinería! y fue la creadora de la iniciativa de la implantación del guardapolvo. Creó también los Recreos Escolares (una especie de polideportivo), el primero de los cuales estaba en calle Génova al 1123. Emma confunde las dos Saras, pero son la misma.
En Refinería fue donde Sara Diosdado dijo en 1915: “poniendo un grano de arena cada uno, evitaremos que muchos niños dejen de concurrir a la escuela por falta de vestidos y útiles.”
Pero sigamos con el relato de Emma.
La inspección, relata, “deja constancia que se dan conferencias semanales, pero para llegar a su objeto, el personal debe secundarla con más interés i entusiasmo”. Tirón de orejas para varios, según cuenta Emma, pero ese año de 1912 se recibe un piano en donación. Las "conferencias" son en realidad reuniones del personal.
Para el año 1913, los alumnos se han reducido a 190; en 1915 accede al cargo directivo, detentado provisoriamente por Evelina de Sanctis, la señorita Sofía Miller hasta 1916. La quinta directora es Josefa Meratti Pucio, los alumnos llegan ya a 318.
Con Berlemina I. de Kruger, que dirige la escuela de 1919 a 1920, se destaca la marcha educativa y elogiando la inspección “ la tendencia a hacerla racional, basándola en la objetivación, llegando a buenos resultados”.

¿Cuál sería la educación "no racional" o "subjetiva" opuesta al sistema educativo de la señora de Kruger?
Probablemente era una reacción –estamos hablando de 1913- a la educación obrera y politizada de anarquistas y socialistas que dio origen al Colegio Boneo. La escuela ya estaba en otro lugar, calle Gorriti 170. Hemos buscado el edificio o al menos el solar, pero la dirección que brinda Emma no se corresponde con la numeración actual, ya que Gorriti finaliza a la altura del 200, que corresponde a la foto de la derecha.
Emma tampoco da fechas exactas. En 1921 llega al señora A. C. de Harispe, y la escuela, ya de 8va. Categoría, se muda a Vélez Sársfield 270. Hoy allí hay un galpón industrial, que se observa en la foto abajo.
La señora Mercedes Rapp es directora en ese lugar de 1923 a 1924, cuando accede al cargo la señorita Emma, y es en 1929 cuando redacta esta historia.
La foto de los niños, que mostramos abajo, corresponde a su período, y la maestra que se ve en el centro es Elena Gustavino de Sotela, maestra de 1º grado. Los niños están en patio del local de calle Vélez Sársfield 270, por la apariencia seguramente antes existía allí un conventillo. Esta "coincidencia" estaba basada seguramente en que la arquitectura de piezas seguidas, típica de los conventillos,  era muy útil y eficaz como sistema de aulas para la época.
Para 1925, Emma detalla que los alumnos ya son 373, en “8 grados, cuatro en cada turno, comprendiendo 2º, 3º, 4º i 5º en el turno mañana; 2 primeros i 2 segundos en el turno tarde”. La escuela se hace "alterna" ya que tiene dos turnos, distribuyendo los alumnos para poder dar las clases adecuadamente.

Emma se queja, en parte por su perfeccionismo, en parte porque, en 1929, está haciendo su historia también: “dejo constancia que la acción de la Directora (ella misma) ha tenido que intensificarse dado el estado de relativa libertad (sic) en que cada miembro trabajó años anteriores”, y si bien la inspectora considera que Emma "posee ascendiente sobre el personal" varios de los docentes están “sin título normalista, por lo tanto se recurrió a las clases modelo”.
La escuela adquiere una “rica bandera de seda”, seguramente en reemplazo de la anterior de sarga; y sabemos que se contaba con un museo, que se enriqueció con “la colección de minerales del ministerio, diez láminas sobre el alcoholismo, etc., formándose también el laboratorio de la escuela”.
Ya en noviembre de 1925 existe una Sociedad de Padres, que instala un consultorio odontológico. La escuela cuenta con 361 alumnos.

Emma inaugura el año 1928 con la toma de posesión del nuevo edificio de Vélez Sársfield 439, “amplio, cómodo y hermoso local”, con una inscripción de 624 alumnos. Aquí al lado vemos un gráfico que hemos elaborado en el Museo, con la evolución de la matrícula escolar, desde 1906 hasta 1929.  si observamos la gráfica, veremos que hay una depresión en 1913, tal vez por la apertura del Colegio Boneo, y una suba en 1928, cuando mejoran las condiciones físicas de la escuela, capaz de instruir más alumnos.  Si bien Emma se "salta" dos años, de 1925 a 1928, se le duplicaron los niños y niñas a educar.

En ese año de 1928, Emma Shea se ufana de que “reina en la escuela ambiente de armonía, disciplina y trabajo” y que la institución recibe el nombre de Doctor Juan Bautista Justo.
En 1929, la nueva escuela tiene 687 alumnos, y se ha inaugurado un cinematógrafo en el salón de actos, donde se dan conferencias de tipo social, sobre alcoholismo o salud dental. Ya la escuela cuenta con dirección permanente, evitando el reemplazo anual de directoras. Emma se ha establecido en su escuela.
Ya el lugar se torna escaso, porque Emma cuenta que deben dejar el edificio "los 5º y 6º grados para formar en su lugar un 1º i un 2º que eran indispensables”.
Recordemos que la educación primaria era hasta 6to. grado, y que frecuentemente los alumnos dejaban la escuela para ir a trabajar, con apenas una instrucción básica de lectura y escritura.
Emma sigue con un breve inventario de su administración. En ella deja constancia de que en la escuela hay un cinematógrafo de plaza, un consultorio médico y odontológico completo, mueble y cortinado del “salón de fiestas” y una máquina de escribir, sumando todo $ 7.250, acompañando el estatuto y la memoria institucional de gastos, todo de modo muy prolijo.
También hay algunas carencias, que Emma detalla: "Biblioteca - privada con 230 libros sin protección ni si..." Emma interrumpe la escritura ¿La biblioteca no tiene sillas? Tal vez pensó que se podían usar los pupitres.
Y sigue abajo, como justificándose: "Granja- no tiene, ni lugar para ello".

La descripción de Emma finaliza aquí, con un sello ya antiguo, "Escuela Alterna Nº72" y firma a continuación: "E. Shea".
Este documento es importante para observar ciertas costumbres de principios del siglo XX y cómo la escuela fue acompañando las transformaciones sociales de la ciudad y el barrio.
De una humilde sala de conventillo, con ventana a la calle, pasó a un moderno edificio de veinte aulas, con calidad educativa,  sala de cine y consultorio médico, Sociedad de Padres y de Ex - Alumnos.
Pero eso es otra historia, la del edificio, no la de Emma.El edificio actual es de 1934, cuando ya el barrio necesitaba, para su escuela, más de un piso completo: la integración social de los hijos (y nietos) de inmigrantes ya era un hecho, la ley, respetada y la educación, obligatoria.

Esta evolución social, reflejada también por el número de alumnos, permite evidenciar que la escuela era (y es) una pieza clave para comprender la sociedad de su tiempo. Emma sospechaba algo de esto, ya que identificaba escolaridad con progreso social. Hoy es solo una de las variables.
Emma menciona lo dicho por la inspectora Clotilde Carasa, opinión que transcribe sin falsa modestia: “los progresos alcanzados en este establecimiento, gracias al tesón, constancia y cariño que le dedica la srta. Directora i la simpatía i estima que ha sabido conquistar, en el barrio donde la escuela desenvuelve sus actividades”.

No se ha hecho justicia a los trabajos de Emma Shea, tal vez porque su historia -como la de tantos- se ignora plenamente, o no es importante a los efectos del prosaísmo de los tiempos actuales. Nunca se enteraría de este olvido, ya que murió en los 50.
Pero Emma Shea - quizás la primera historiadora del barrio- si sabía que iba a formar parte de la historia de Refinería, y se ocupó de eso precisamente: de escribirla.